sábado, 1 de julio de 2017

17 Y TODO FUNCIONÓ A LA PERFECCIÓN


Batiste Sistella no podía dejar de tiritar a pesar de estar sentado frente a la hoguera. Salvador Masobrer lo envolvió con un trozo de manta y le animó a que se terminase la ración de sopa que le había servido para calentarle el estómago. Sentada a su lado se encontraba Librada. Se acurrucó mientras contemplaba el crepitar de las llamas. De vez en cuando levantaba los ojos del resplandor para mirarnos con una media sonrisa que parecía expresar algo de alegría en su siempre serio semblante.
-¡Venga! Quítate las alpargatas que debes de tener fríos los pies. –Me indicó mi hermano con una caricia en la mejilla. –Y ahora vais a contarme todo lo que os ha ocurrido desde que tuve que irme aquel día.
Ninguno de los tres se decidía a ser el primero en hablar así que intenté recordar todo lo que nos había sucedido desde que nos separamos. No quise comenzar con el reproche a su inesperada desaparición junto a Aurelio Retall, ni tampoco le conté que estuve rondando la puerta del sindicato de albañiles buscándole durante varios días, así que inicié mi relato por el día en el que nos reunimos en el teatro con la Compañía. 
A pesar de que Darqués aún estaba convaleciente de las quemaduras sufridas en su pierna regresó al trabajo con toda su vitalidad. Lo primero que hizo fue intentar gestionar, con el empresario del teatro Ruzafa, lo que debería ser la nueva temporada. El señor Martí no era muy diestro para la contabilidad, por eso, Gumersindo Plácido, el discreto contable, se dedicaba a llevar las cuentas escrupulosamente. Este hombrecito, de sonrisa bobalicona y pocas palabras, poseía la habilidad de hacer que el dinero presupuestado creciese hasta cubrir las necesidades de cualquier espectáculo a pesar de los momentos aciagos de aquel año de crisis.
Todo parecía sonreírles desde el momento en el que Edelmiro Bartha y el director escaparon ilesos de la explosión del cartucho de dinamita que les lanzaron a su paso por la calle del Mar. Los cristales de los edificios de alrededor de ellos estallaron en mil pedazos, sin embargo, no sufrieron ni un rasguño. Ambos pensaron que era un buen presagio para la nueva temporada que pretendían comenzar. A pesar de que el director, Enrique Darqués, se había precipitado dando una primicia a los periodistas sobre una obra de teatro que no existía sobre el papel y que sólo estaba en su cabeza, todo parecía transcurrir como si hubiese un guión premeditado. Sin pensarlo dos veces, Fausto Casajuana y Darqués, mano a mano, se encerraron en un camerino para escribir los diálogos y trazar la escenografía de lo que debía de ser el primer melodrama de la temporada con el inusual título de: Los niños del hospicio.
Mientras tanto, Rodolfo, el escenógrafo argentino, no dejaba de gimotear por el futuro de su artefacto escenográfico, aquella gran y hermosa mano que había construido con tanta dificultad y que hacía tiempo que permanecía escondida en uno de los rincones del almacén del teatro Ruzafa sin aparente utilidad. Costó convencerle de que ya llegaría la oportunidad de exponerla como colofón de la obra musical de aventuras y que, en un principio, se pensó estrenar como inicio de la temporada, sin embargo, y a pesar de la conocida elocuencia del director, no convenció al argentino quien dirigió sus protestas al paciente Bartha y que a su vez intentaba disimular la congoja que sentía al encontrarse lejos de su amada Natasha Ivanoff. Aquella inquieta mujer y tal como tenía por costumbre, casi de improviso, se ausentó de la ciudad, junto con un recién llegado que dijo llamarse Sasha y que afirmaba ser su hermano. Su precipitada marcha se vio envuelta en su siempre habitual misterioso comportamiento, por lo que a casi nadie le extrañó su desaparición salvo al apesadumbrado Edelmiro que temía no volver a verla nunca más.
Salvador me animó a que continuase contándole los entresijos del teatro así que proseguí con mi relato además de querer demostrarle que, tanto Batiste como yo, sabíamos tomar decisiones acertadas, por eso le conté que ambos nos entregamos enteramente a nuestros cometidos dentro de la compañía y bajo las órdenes de los maquinistas comenzamos a trasladar y mover todo aquello que nos indicaban como si fuésemos mozos de carga. Librada, siempre tan reservada y callada, se unió a la modista como aprendiza. Todo rondaba alrededor del estreno de una incierta obra de teatro que había sido anunciada para dentro de dos días y que, en realidad, sólo procedía de una bravuconería verbalizada a los periodistas por Darqués.
Durante esos días dos días de trabajo creo que tuvo lugar la tan nombrada magia del teatro, pues, la noche del estreno la sensación de que algo mágico estaba sucediendo permaneció en el ambiente. Durante los precipitados ensayos a todos se nos olvidaban los diálogos y hasta los telones que Rodolfo pintó, con parte de sus lágrimas de disgusto, se resquebrajaban al ser colgados, sin embargo, el estreno resultó fabuloso. El público aplaudió a rabiar cada uno de los actos y, en especial, aquellos cuadros donde Batiste y yo interveníamos, pues prueba de ello fue que en los aplausos finales nos vitorearon varias veces. Sin pretenderlo, aquella obra fantasmagórica, se convirtió en nuestro gran debut en la escena. A pesar de que ya había visto que los aplausos emocionaban a los actores me sorprendió que a mí también se me formase un nudo en la garganta mientras saludaba como si formase parte de la profesión. Darqués ingenió el texto para hacernos aparecer como los protagonistas de aquella rocambolesca obra, basada en el melodrama de Las Huerfanitas de París, pero, esta vez, convertido en una versión a la valenciana, es decir, llena de tics que incitasen al público a identificarse con los pobres niños abandonados de la calle. En realidad, nuestra apariencia no desentonaba con lo narrado pues, parte del éxito de aquella noche, se debió a nuestro aspecto de niños desamparados.
El éxito de dos noches seguidas o la alegría de sentirnos importantes fue lo que aminoró mi amargura de no poder lograr encontrar a mi familia así como reconsiderar la repentina desaparición de mi hermano. Cuando llegué a este punto, Salvador no me contestó, aunque con la mano me hizo un gesto para que continuase narrándole nuestras peripecias escénicas. Proseguí.
A partir de aquel apoteósico arranque que tuvo la temporada, la actividad de la Compañía volvió con toda su pujanza y regresó el brio a Darqués que olvidaba el bastón y decía sentir menos dolores, aunque su maquillado rostro no los podía ocultar. Con el regreso del matrimonio de cómicos Miguel Báñez y Carlota Planes la agrupación casi estaba al completo. Carlota, tan estrafalaria como siempre, reía y lloraba como si estuviese interpretando un melodrama. Soltó una sonora carcajada cuando le contaron la aventura teatral de aquel estreno precipitado y, a continuación, lloró abundantemente cuando contó que había tenido que tomar la decisión de dejar a Carlotita, su única hija, interna en un colegio de monjas para que estudiase y no fuese una analfabeta. Terminó su relato mirándonos como si Librada, Batiste y yo fuésemos el ejemplo de la miseria que pretendía evitar a su hija. Me dolió su desprecio y estuve a punto de gritarle que no éramos unos analfabetos, que yo sabía escribir mi nombre y que Librada leía y escribía con gran soltura, pero fue Bartha el que, con su tremenda bondad, se adelantó a mi protesta para explicar, a aquella grotesca mujer, que nuestras circunstancias no habían sido las mismas que las de su hija, sin embargo, estaba seguro de que con el teatro cambiaría nuestra suerte. Miguel Báñez, que observó mi especial disgusto por las ofensivas palabras de su ridícula mujer, quitó importancia a sus comentarios con un ofrecimiento dirigido hacia nosotros y que era el propósito de ayudarnos a aprender a leer y contar durante las horas libres que el trabajo le dejase y siempre en la medida de sus propios conocimientos se lo permitiesen. Me gustó aquel hombre que, sin conocer nuestra procedencia ni nombre,  se prestaba a ayudarnos sin esperar nada a cambio.
A pesar de todos los incidentes que en las calles valencianas de 1934 se daban dentro del teatro existía un microclima propicio para que todos nos sintiésemos  optimistas. El director decidió que la Compañía debía retomar algunos de los melodramas de su consagrado repertorio y así ganar un poco más de tiempo para llevar al verdadero estreno absoluto que, con tanto celo, guardaban con él, Fausto y Roberto, el escenógrafo argentino.
Durante los siguientes días, se trabajó duro e intensamente hasta el punto de que, en más de una ocasión, se unía el día con la noche entre los preparativos y los ensayos, sin embargo, algo especial ocurría cuando la Compañía se enfrentaba al público pues, las posibles deficiencias, se solucionaban con los monólogos que el director siempre recitaba seguro de captar el aplauso y el vitoreo de los espectadores.
El entusiasmo fue tal que pareció embriagarles la inconsciencia hasta el punto de hacerles creer que la censura permitiría cualquier cosa que deseasen representar. Fausto Casajuana, en un arranque de idealismo muy propio de su carácter, propuso estrenar un texto que había escrito hacía un par de años y que mantenía guardado a la espera de una buena oportunidad. En una de las reuniones de la Compañía sacó, de uno de los bolsillos de su arrugada chaqueta, una libreta que entregó al director con un gesto de respeto y con cierto temor también. La obra se titulaba Casanova, el galante aventurero y, como indicaba, se trataba de una versión melodramática de las andanzas de Giacomo Casanova que, ya mayor y retirado de la vida mundana, narraba su turbulenta vida de seductor. El melodrama no sólo se atrevía con una acción situada en Venecia, sino que en su recreación incluía algunos números musicales con bailes y canciones con abundantes poemas ripiosos escritos por el propio Fausto.
Lejos de una lógica negativa justificada ante aquel alocado libreto, el proyecto entusiasmó a Darqués. El director perdió la noción de la situación crítica que se vivía en las calles de Valencia y confió en el éxito rotundo de una nueva puesta en escena. Inmediatamente, habló con el empresario Martí, que, aturdido con la euforia del actor, le remitió a su contable Plácido para convenir un presupuesto donde debía de contratar a más actores y actrices, así como a un ballet que pudiese ejecutar, con garbo, aquellas piezas que también precisaban de una orquesta.
Y todo salió a la perfección a pesar de todo y eso que, en más de una ocasión, hubo cortes de luz que entorpecían los ensayos junto a algunas visitas inoportunas de los guardias de asalto que, atraídos por los repiqueteos de martillo junto con los gritos de los maquinistas, entraban preocupados por si estábamos preparando algún atentado. Como si de algo contagioso se tratase a todos nos envolvió el entusiasmo que Darqués y Casajuana compartían y, a pesar de los gimoteos de Rodolfo por su olvidada obra, su colaboración también facilitó el éxito. Tanto Bartha como Casajuana corrían de un lado a otro comprobando que todo estaba en su sitio y evitar equivocaciones en los complicados cambios de cuadros que componían los cinco actos de aquel melódico melodrama.
Las calles andaban revueltas y, aunque se habían cursado varias invitaciones a las autoridades, sólo confirmó su asistencia el gobernador y su esposa, pues, el alcalde y los concejales del consistorio declinaron su asistencia quizá influenciados por un posible temor a ser abucheados por los espectadores. La noche del estreno todos estábamos muy inquietos. Para la Compañía no era la primera vez que estrenaban en aquellas circunstancias tan especiales, sin embargo, parecían sentirse ante uno de los mayores retos escénicos.
Tras el preludio interpretado por unos pocos músicos que el teatro Ruzafa tenía contratados como orquesta permanente, arrancó el primer acto con la intervención de Darqués que, maquillado con aspecto de anciano, narró partes de la vida y andanzas de Giacomo Casanova. Entre los espectadores el silencio fue absoluto y semejaba que aguantaban la respiración cuando el actor se detenía en las pausas dramáticas del texto. Terminó su intervención y nadie dijo nada a la espera de que algo trágico sucediese tras aquel extenso monólogo y cuál fue la sorpresa cuando, con los primeros acordes de una pegadiza melodía, surgieron, de entre las bambalinas, cinco hermosas muchachas ataviadas con unas ropas vaporosas que, con sencillas danzas, dejaban ver las ligas de sus medias, a los incrédulos espectadores. Todos los asistentes se arrancaron en fuertes aplausos. Cada uno de los bailes fue acompañado de un unísono acompañamiento de palmas y risas. El espectáculo marchaba tal como se había pautado en los ensayos y por el entusiasmo con el que los espectadores seguían los bailables parecía haberse conseguido un éxito seguro, pero lo que no esperábamos era el colofón que el escenógrafo Rodolfo preparó, pues, ansioso por utilizar su preciada obra, cuando faltaban pocos minutos para que terminarse el relato de la vida del anciano Casanova se apagaron las luces y, por un lateral del escenario, asomaron los dedos de aquella mano de cartón, a continuación, de acuerdo con uno de los maquinistas se iluminaron, poco a poco, hasta crear un misterio inesperado. Darqués, que se encontraba en medio del escenario, miró los dedos que se acercaban hacia él y con un alarde de improvisación declamó con potente voz:
«La mano del destino divino me reclama por mis pecados.» Se acercó hasta ella y se colocó como si una gran garra lo atrapase. El siempre alerta Bartha ordenó a los maquinistas que bajasen el telón y que encendiesen las luces lo que provocó unos segundos de desconcierto que terminaron con el arranque de una unánime ovación.
El estreno fue un éxito, pero al día siguiente llegó la orden de que los números musicales debían de ser revisados por la censura. Entre una de las peticiones estaba que tuviesen más decoro del mostrado el día del estreno. La orden sorprendió a todos, pero no hubo más remedio que alargar las faldas de las bailarinas hasta donde indicó la ordenanza. En cuanto a la sorpresa de la mano lejos de crear un conflicto entre Casajuana y el escenógrafo Rodolfo les gustó  a todos pues mejoró el final de aquella alocada obra.
Llegado a este punto, di por terminado mi relato y esperé a que mi hermano, que parecía estar muy interesado por seguir escuchando más aventuras escénicas, me solicitase que continuase contándole más detalles del teatro.
-Prosigue, Andreu -Me animó Salvador. -Por lo que puedo entender os ha ido muy bien con la compañía de teatro, pero ahora os he vuelto a encontrar solos, muertos de hambre y empapados como para contraer una pulmonía. ¿Qué sucedió después?
Y en el momento en el que pretendía retomar la palabra para explicarle cómo había virado nuestra buena suerte hacia ese estado, unos fuertes golpes sobre la puerta del cuarto nos sorprendieron a todos. Salvador nos hizo un gesto con el dedo de que guardásemos silencio y, a continuación, se oyeron  unas cuantas amenazas de derribarla si no se abría inmediatamente. Enmudecí asustado.



10 comentarios:

  1. Es una maravilla tu relato, pues además de ameno, es un documento sobre la época y el lugar en que se mueven los personajes, asi como un documento sobre los hechos historicos en tu ciudad. En primer plano siempre tu amado teatro. Te admiro y te felicito por tu excelente trabajo, Francisca! Un abrazo

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    1. Querida María Ángeles, muchísimas gracias por leer mi relato. Muchas gracias por animarme a continuar escribiendo sobre mis temas favoritos que, como muy bien dices, son el teatro y su mundo desconocido, mi ciudad, que ha vivido momentos muy delicados y que parecen haber pasado de puntillas para muchos. Gracias de todo corazón. Un abrazo.

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  2. estupendo tus relatos!!!!!!gracias, saludosbuhos encantadas de ir al teatro con tan buena amiga!!!!!!!!!!

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    1. Porque el teatro enamora a quien lo vive con entusiasmo. Gracias amigas por ser fieles lectoras de mis relatos. Un abrazo.

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  3. Gracias por llevarnos a esa época en tu ciudad y a la vida del teatro. Un abrazo

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    1. Gracias a ti Maria del Carmen por leer mi relato. El teatro merece un espacio y en mis relatos siempre lo tendrá. Un abrazo.

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  4. hola! nos harias muy felices si nos visitas y comentas que te parece una lectura que hicimos y si no es mucho atrevimiento, tal vez tengas alguna de ese estilo o similar para recomendarnos. Como cuentas cosas tan bonitas de tu tierra, nos gustaria saber que hay para leer...

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  5. Hola Sabri y Pitu:
    Algunas lecturas les puedo recomendar de Vicente Blasco Ibáñez, aunque éstas son más propias de finales del XIX y principios del XX, no obstante, ahora entro en su blog y les dejo algún título. Disculpen mi torpeza en los blogs donde no sé muy bien cómo puedo enviarles un mensaje privado. Gracias por su interés por mis relatos.

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  6. De Juan López Gandía: Muy bueno, Francisca.La noche del estreno de los niños del hospicio y la magia que conlleva y que transmites muy bien.Todos compartimos con Bartha " la congoja que sentía al encontrarse lejos de su amada Natasha Ivanoff. Aquella inquieta mujer y como tenía por costumbre, casi de improviso se ausentó de la ciudad, junto con un recién llegado que dijo llamarse Sasha y que afirmaba ser su hermano".Fiel a sí misma esta aventurera mujer.Pero me ha impactado especialmente el número de los dedos de las manos de cartón en la representación del Casanova. Auténtico y soperndente giro teatral, más aun para el público de la época.

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    1. Esa mano dará mucho juego y sorprenderá en más de una ocasión. Ivanoff es la nota discordante. Por cierto, los títulos de las obras son reales y lo de la censura también. Espero crear interés para continuar con el relato de ese momento. Muchas gracias Juan por leer mis relatos y comentarlos. Un abrazo.

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