sábado, 17 de febrero de 2018

UNA PIEDRA EN EL ESTANQUE




Lanzó una piedra al estanque y contempló las ondas que el agua formaba con la violencia del choque. Las miró como si fuesen fáciles de tocar con sus dedos. El movimiento se había convertido en el propio espectáculo de sí mismo. Cansado de perseguir a la imaginación buscó una salida hacia lo que parecía real, pero se deshacía con lo imaginable. Lloró. Se levantó del borde del estanque y sus pasos le encaminaron hacia el pueblo. Quería pensar quería saber por qué sentía esa amargura que le quemaba en el interior de su cabeza, pero mientras lo meditaba escuchó unas risas. Estaban muy cercanas a él. Eran tan frescas como las mismas cascadas del agua limpia que había dejado a sus espaldas. Sigiloso, como un ladroncillo en busca de algún tesoro, husmeó los alrededores para ver si alguien le estaba observando. Estaba solo. Se dirigió a uno de los árboles del camino para esconderse y poder observar de dónde venía aquella risa emanada como un torrente. Las risas eran de varias gargantas como un coro de ilusión.  El pillete agudizó la mirada y comprobó que eran unos niños y unas niñas que, acompañados de su madre, miraban a un hombre que actuaba para ellos. Era de avanzada edad y casi no podía moverse mucho, pero no por ello dejaba de provocar la risa de los pequeños y la que parecía ser su madre. Llevaba una nariz de payaso y hacía unos juegos de magia. Escondía cartas en sus bolsillos que aparecían en los lugares más insospechados de su ajada chaqueta. De pronto, sacó una nuez de uno de sus bolsillos y la mostró a todos como si de un tesoro se tratase la introdujo en su puño y al poco lo abrió para mostrar que ahora eran dos. Los niños reían y aplaudían con el truco y el hombre, a pesar de que le costaba mantenerse erguido, disfrutaba con la alegría de los pequeños. En un instante dado levantó la mirada y observó al pequeño fisgón que les observaba desde el árbol del camino. Levantó el brazo y con la mano le hizo un gesto indicándole que se acercase para estar con ellos.
El muchachito se sintió azorado al haber sido descubierto desde su improvisado observatorio, pero cuando vio que todos se volvían a mirarle y que la mujer le sonreía y también le indicaba que se acercase al grupo tomó confianza y avanzó.
Y así estuvieron un buen rato todos riendo las ocurrencias de aquel viejo payaso que le costaba mantenerse en pie, pero que no dejaba de hacerles reír con sus bufonadas.


Comenzó a oscurecer. La madre recogió a sus pequeños como si se tratase de una gallina que reúne a sus polluelos y el viejo payaso se despidió dándole las gracias por las frutas y huevos que le regaló. El muchacho se despidió de ellos y emprendió el camino contrario al del payaso. Regresó a su casa. Por el camino recordó en todo lo que le había ocurrido esa tarde. Había visto las ondas del agua como se alejaban del centro y, sin embargo, él había hecho lo contrario que era acercarse a un grupo desconocido atraído por su alegría.
Caía la noche cuando llegó a su casa. Allí todo parecía tener el mismo aspecto que cuando salió por la mañana, pero, sin embargo, notaba que algo había cambiado. Se miró en el espejo de la entrada y vio que ya no era exactamente como se había mirado en el reflejo del estanque donde las ondas se habían movido alejándose. Escuchó a su madre que lo llamaba para la cena. Tenía hambre así que pensó que si algo había cambiado en él ya lo averiguaría mañana.

domingo, 11 de febrero de 2018

ENTRE LAS PÁGINAS

Había una vez una niña pequeña y minúscula que todos ignoraban. Un día, abrumada por ese olvido, decidió esconderse de todos y de todo para evitar que la encontrasen, pero la pregunta era ¿dónde se encuentra ese sitio? Miró, buscó y se desesperó por encontrarlo, pero no había forma de localizarlo. Desanimada se sentó en el sillón del salón. Allí sollozaba cuando observó que sobre la mesa había un libro abierto. Al principio no le prestó ninguna atención, sin embargo, algo que ahora no sabría explicar le indujo a mirar una de las páginas y un magnetismo extraño le obligó a inclinarse sobre él y leer la siguiente frase:
"Si nos miramos en los ojos de los demás nunca conseguiremos vernos tal como somos"
La pequeña niña continuó leyendo y esta vez ya no se sintió tan minúscula como al principio. Y leyó y leyó y descubrió que su mundo era más importante de lo que imaginaba. A partir de ese momento ya no le importó si los demás la veían como pequeña y minúscula porque lo único que le interesaba era encontrarse a sí misma.



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Buenos días -Dijo el gorrión a la rama de almendro.- ¿No crees que has florecido demasiado pronto? Hace tanto frío que tus flores se marchitarán heladas por la ventista.
Buenos días -Le respondió el almendro. -Y qué voy a hacer yo si soy un incorregible madrugador. Disfruta del sabor de mis flores mientras puedas.
Feliz jueves muy frío y soleado.

sábado, 10 de febrero de 2018

28 EL MISTERIO DE LAS CARTAS

Todavía sobresaltadas por el revuelo que había organizado aquel anciano en el archivo nos marchamos a toda prisa. El incidente nos había acalorado, aunque, poco después, ya sólo nos preocupaba el origen de aquellas cartas que tanto nos habían cautivado. La firmada por Darqués continuaba con los hechos que encerraban un misterio relacionado con la aventura profesional de la compañía de teatro de la que escribía un pasaje de su vida profesional, sin embargo, la carta dirigida a aquella mujer, llamada María, por alguien, desconocido para nosotras y que, al parecer, se sabía casi muerto mientras la escribía, nos intrigó más aún si cabe.
¿Quién podría ser ese tal Luis de Sirval? Pero también surgía otra duda tan importante como esa y que era el poder averiguar quién era la desconocida mujer a la que iba dirigida la misiva que, ante nosotras, adquiría igual o más relevancia que el firmante de la carta ¿Quién se escondía detrás del simple y sencillo nombre de María?
Todas esas preguntas circulaban por mi mente y creo que también por la de mi editora, pues, cuando nos despedimos, me recomendó:
-No dejes de informarme de cada una de las cosas que descubras tanto de la compañía de teatro como de ese misterioso Luis de no sé qué.
Con esta despedida y una sonrisa que decía más que sus propias palabras se alejó de allí en un taxi que paró levantó la mano. Sonreí. Por fin había logrado su interés por mis investigaciones que siempre consideraba superfluas. Sin poder evitarlo recordé sus primeras palabras cuando fui a su despacho para presentarle el proyecto de novela que pensaba desarrollar. En mi cabeza no dejaban de resonar sus palabras cuando le dije que los protagonistas serían una compañía de teatro.
-¿Por qué ese tema? A nadie le interesa el teatro y menos la vida de una compañía. – Afirmó con tono despectivo.
-El teatro de ese momento es un gran desconocido y ya verás como a los lectores les gusta descubrirlo. –Le contesté con decisión.
Me costó bastante convencerla de que ese tipo de historias podían interesar y no sólo a mí, sin embargo, ese día, había bastado una carta traspapelada en el interior de una caja de documentos para abrir todo un mundo de preguntas e intereses y hacer que cambiase de postura y su escepticismo ante el tema de mis narraciones se abría un nuevo campo de trabajo.
-La carta del director de la compañía habla de su huida a causa de la persecución por los delincuentes, pero esa otra carta misteriosa donde se narra una ejecución y el peligro de la vida del que fue testigo de ese delito… -Insistió cuando me llamó al teléfono cinco minutos después. –Debes de resolver esos interrogantes que pueden interesar saber ¿Quién sería ese tal…?
-Sirval. –le apunté.
 -Sí, ese y averiguar el motivo por el que sabía que quien leyese la carta cuando él hubiese muerto estaba perdido Y sobre todo ¿ a quién le dirigía la carta?
Y no cesó de preguntar si yo sería capaz de resolver y despejar todas las dudas para poder escribir una buena novela sobre ese personaje que se presentaba ya como un muerto.
En realidad, no hacía falta que mi editora me empujase a averiguar más cosas sobre ese fascinante personaje, pues, mi innata curiosidad por personajes de ese estilo se había disparado desde el primer instante. Ese tipo de misterios me fascinaba. Las preguntas sin resolver sobre esos desconocidos e inquietantes personajes martilleaban en mi cabeza cuando introduje la llave en la cerradura de mi puerta, aunque no por ello dejó de sorprenderme que no estuviese cerrada con llave. El portero sabía de mi costumbre y, cuando se veía obligado a entrar en mi casa con la llave maestra que tenía, siempre daba una doble vuelta a la llave. Entré y vi el resplandor de la luz de la lámpara del comedor encendida. Sentado en el comedor fumaba un cigarrillo con cierta parsimonia.
-¿Quién te ha dejado pasar? Le pregunté con claro tono de enfado.
Mi hermano continuó fumando hasta apurar el cigarrillo. A continuación, lo apagó en la maceta del poto que tenía junto a él y me esbozó una sonrisa antes de pronunciar lo que consideraba un saludo.
-¿No te alegras de verme, sister? Tendrías que estar saltando de alegría porque tu brother ha venido a visitarte y mira como me recibes, darling.
-No me gustan tus apariciones misteriosas y llenas de humo. -Le dije moviendo la mano para desvanecer la neblina que había creado a mi alrededor. -Querido hermanito siempre que apareces por mi casa es porque necesitas algo o te persigue alguien.
-No digas eso, sugar. –Se levantó y se acercó hasta mí con los brazos abiertos para abrazarme. –Estoy en la ciudad por unos business y he pensado, voy a visitar a mi querida hermanita que seguro que está trabajando en esos papers que tanto le gustan a ella.
-¿No sabes hablar sin usar una palabra en inglés? –le dije. –Pareces un snob.
-¡Eh! Ahora eres tú quien usa la lengua del futuro. –Me dijo mientras me daba dos besos en cada mejilla. –Sister quería verte y, además, necesito algo de cash para mis business.
No era la primera ni tampoco sería la última vez que mi hermano aparecía con esos requiebros y cariñosas palabras que sólo servían para sacarme dinero.
-¿En qué jaleo te has metido ahora? –Le recriminé como su hermana mayor que era. –¿No sabes comportarte como una persona adulta y ganarte la vida sin meterte en jaleos?
Mi hermano cambió su cara de cariño por una mueca como si fuese a derrumbarse por mi reprimenda.
-Te prometo que será la última vez que venga a molestarte con mis problemas, pero necesito que me ayudes porque estoy metido en un verdadero lío y si no salgo de ésta terminaré metido en un hole. –Hizo un amago de echarse a llorar.
-En el agujero más profundo de la mentira te encuentras tú metido desde hace mucho, hermanito, pero no toques esos papeles que son mis documentos para mi próxima novela.
-Muy interesante, seguro que escribes sobre algún marqués o duquesa que vivió holgadamente en un palacio de más de veinte habitaciones. –Dijo con tono de burla. –Venga no seas así y dame un poco de money que a ti eso no te cuesta mucho.
Sabía que si no se lo daba no me dejaría tranquila así que busqué unos billetes y se los entregué.
-¿Tienes suficiente? No tengo más suelto disponible.
-Me las arreglaré por ahora. –Me contestó cogiéndolos de mi mano. –Me voy que me están esperando. –Volvió a besarme en las mejillas.
-Hermanito, por favor, ten cabeza y no te vuelvas a meter en líos, por favor. –Le dije a modo de despedida cuando le acompañaba a la puerta. –Y otra vez, cuando tengas que venir, primero me avisas y no te cueles en mi piso como si fueses un ladrón ¿de acuerdo?
-Claro que sí, honey.
Y salió lanzándome un beso al aire.
Cerré la puerta y abrí la ventana para ventilar el olor a humo que había dejado su cigarrillo. Es insoportable ese olor reconcentrado a tabaco.
Dejé los papeles de la trascripción de las cartas sobre la mesa de trabajo y me dirigí a la cocina para prepararme algo de cena. La inesperada visita de mi hermano me había enfurecido y me había hecho casi olvidar que no había comido nada desde la hora de la comida.
No llegué a entrar en la cocina porque una ráfaga de viento entró por la ventana y revolvió todos los papeles que había esparcido por encima de la mesa haciendo que saliesen volando en todas direcciones.
-¡Qué desastre!
Exclamé cuando vi que algunos se escapaban, casi por arte de magia, por la ventana. Intenté atraparlos, pero me resultó imposible y éstos se precipitaron hacia el patio del vecino de abajo.
Sin dudarlo mucho y como si se tratase de uno de los tesoros más preciados salí corriendo para recuperarlos. Bajé las escaleras precipitadamente y llamé a su puerta como si estuviese ardiendo algo.
-¿Qué ocurre? ¿Te encuentras bien? –Me preguntó mi vecino al abrir mi puerta.
-Los papeles, se me han escapado por la ventana y han caído en tu patio. –Dije atropelladamente. –Disculpa que te moleste, pero son muy importantes ¿puedo pasar a recogerlos?
-Claro que sí. Me hace gracia hablas de ellos como si se tratase de una mascota que se hubiese fugado de tu casa caprichosamente.
Mi vecino es un hombre muy serio, por eso, cuando realizó esta comparación dudé si debía reírme por su comentario o sólo esbozar una mueca.
Crucé la puerta y me dirigí rápidamente hacia la terraza para recuperarlos.
-¡Ya los tengo! –Dije orgullosa. –Siento la molestia que te he causado, pero esos papeles son la clave para un próximo libro.
Y así, sin proponérmelo me encontré contándole el misterio de esa carta que había localizado en el archivo. Mi vecino me escuchó atentamente. Tenía la suerte de que era una persona culta con la que, de vez en cuando, mantenía alguna breve conversación, aunque nuestros campos de trabajo eran muy distintos, pues era un historiador medievalista, no obstante, su vasta cultura hacía que se pudiese conversar con él de todo tipo de temas, sin embargo, no resultaba sencillo entablar amistad debido a su carácter cortante y seco que lo convertía en una persona apartada de los demás y de poca vida social.
-Creo que puedo ayudarte en tu búsqueda.
Y sin dar más explicaciones se levantó y se dirigió hacia una de las numerosísimas estanterías repletas de libros que tenía por toda la casa y rebuscó entre los anaqueles. Extrajo un pequeño libro que, sin dilación, me entregó.
-Ahí encontrarás la respuesta a tus dudas. Léetelo y me lo devuelves lo antes posible.
Cuando salí de su casa me sentía verdaderamente contenta pues no sólo había recuperado los papeles sino que estaba segura de encontrar alguna pista en aquel libro prestado. Me sentía tan contenta que no caí en la cuenta de que, en mi rápida salida de casa, me había dejado las llaves dentro y que las continuadas ráfagas de viento habían provocado que se cerrase la puerta tras mi atropellada salida.
Debía pedir ayuda. Bajé a la portería con la intención de encontrar al portero que guardaba la llave de cada vivienda, pero un cartel anunciaba que volvía en cinco minutos, lo que podría significar más de una hora.
No me atreví a volver a llamar a mi vecino así que regresé al rellano de mi puerta y decidí sentarme allí hasta que éste hiciese su aparición. Con la luz mortecina del pasillo leí las primeras páginas de aquel libro titulado ¡Acusamos! Curioso título para un libro, pensé.






jueves, 8 de febrero de 2018

LA PRÓXIMA CENA





A principios del pasado siglo, aquellos que se consideraban nobles o de mayor rango en la escala social sentían gran atracción por los habitantes de los barrios bajos a los que consideraban inferiores y groseros.
¿Qué clase de diversiones tendrán los criados y los mozos? Se preguntaban esa noche entre risas después de una opípara cena. Uno de los comensales dijo que conocía un local al que había ido con frecuencia porque se organizaban peleas de aficionados a la lucha libre.
-¡Vayamos a verlo! Seguro que es emocionante –dijo la anfitriona.
-Puede ser peligroso para una dama. –Le apuntó otro comensal que no se mostraba muy animado a ir a ese tipo de fiestas.
No obstante, fue la mayoría de los invitados la que dijo que quería verlo por sus propios ojos y sin pensarlo dos veces llamaron un carruaje y se dirigieron a los barrios bajos de la ciudad.
El local era una taberna donde los cantos y gritos de los clientes les impidieron el poder escuchar lo que le preguntó al tabernero. El comensal le susurró al oído su petición al mismo tiempo que le entregaba unas monedas. El tabernero se volvió para mirarles de uno en uno y, a continuación, hizo un gesto con la cabeza para que le siguiesen a lo que semejaba ser una trastienda.
Aquel antro lleno de hombres que fumaban y vociferaban tenía en medio un cuadrilátero en el que dos hombres, con el torso desnudo, se golpeaban con gran violencia. A la anfitriona le pareció un espectáculo bestial, sobre todo porque la sangre brotaba de las brechas de las caras de los contrincantes, sin embargo, se sintió atraída por el rostro de uno de los luchadores, que, a pesar de la sangre que le manaba de una de las cejas, era de una belleza propia de cualquier obra de arte.
El azar hizo que fuese éste el que venciese al otro contrincante que cayó derribado al suelo. El público aplaudió salvo los que habían perdido sus apuestas que abuchearon al ganador.
-Conozcámoslo –dijo el comensal que había sido el promotor de la fiesta.
Y se acercaron hasta él. La anfitriona aún quedó más prendada de la belleza del joven cuando éste, con una elegancia exquisita y mejores modales aún, les saludó.
-Es un gran poeta. –Dijo el comensal jactándose de conocerle.
-Entonces, si usted es un hombre letrado ¿cómo es posible que se dedique a algo tan rudo y vil como la lucha? –Se atrevió a preguntarle la anfitriona.
-Muy sencillo, querida señora –Le respondió el joven poeta boxeador. –Porque uno tiene la costumbre de comer todos los días y mis poemas no consiguen calmarme el hambre. Lucho para poder escribirlos, aunque he de confesarle que lo hago mejor cuando tengo el estómago lleno.
Aquellas palabras dejaron a la dama pensativa y, al mismo tiempo, seducida por el bello poeta que con tanta franqueza le había hablado. No supo qué contestarle.
-Y ahora, señores –volvió a hablar el poeta. –Si me disculpan voy a cenar porque el hambre, después de la lucha, me arrecia.
Y se puso la camisa y la chaqueta con clara intención de alejarse del grupo que le rodeaba.
-No se vaya. Nosotros le invitamos a una merecida cena. –Gritó la dama que no quería perderle de vista.
El joven poeta sorprendido por la invitación aceptó mostrando una de sus mejores sonrisas que aún cautivó más a la anfitriona.
El tabernero dispuso la mesa tal y como le ordenó la anfitriona. El aroma de los guisos abría el apetito de todos los que allí se sentaron, sin embargo, el joven poeta sólo se sirvió un plato de patata y cebolla hervida y en su vaso vertió un poco de agua fresca de una jarra.
-¿No os apetece probar este magnífico guiso? –Le insistió la anfitriona al ver el humilde plato que se había llenado.
-Gracias, señora –Dijo con voz firme. –Os agradezco mucho vuestra invitación, pero no deseo tomar más comida que la que me pueda pagar la próxima noche cuando usted ya no esté aquí para invitarme. Prefiero seguir comiendo aquello que puedo pagarme y no tener que recordar los manjares que esta noche pudiese tomar y cuyo recuerdo me provocarían tristeza y pesadumbre.
Las palabras del poeta dejaron a todos mudos sin saber qué contestarle hasta el punto que el silencio provocó que nadie se atreviese a tomar los manjares allí ofertados.