jueves, 17 de agosto de 2017

EL CABALLITO DE MAR


No puedo precisar el año en el que se colocó aquella figurita en el estante de casa. Según me ha contado mi hermana, pues yo era muy pequeña, ese objeto fue un regalo de los ropavejeros que solían venir al pueblo. Estos vendedores ambulantes, se anunciaban con el sonido de una corneta, un pandero y los gritos de los niños.  Con ellos semejaba que despertaba la primavera. Mi hermana dice que entusiasmaba oírlos llegar porque lo hacían con el mismo bullicio que las golondrinas. El grupo lo formaba la madre quien retumbaba un pandero, un instrumento artesanal confeccionado con una piel de conejo ajustada a un bastidor. Aquella mujer, según mi hermana, tenía un aspecto avejentado y sin embargo debía de ser joven; ella lo hacía resonar entre sus manos gordinflonas con cierta habilidad, aunque, en realidad, la protagonista para los niños era la hija que, según afirmaba mi hermana, debía de ser la chica más alta que había visto en su vida y que daba volteretas sin parar desde una esquina de la calle hasta la otra. El ropavejero era el encargado de hacer sonar la corneta y que también era muy alto. Vestido con unos pantalones de pana y una chaqueta remendada se mostraba como el jefe del grupo. Mientras hacía sonar la corneta tiraba de la mano de un niño de cara triste idéntica a la suya. A pesar de la fanfarria con la que se anunciaban llevaban impregnada la melancolía.
Durante los años sesenta y setenta, la mayoría de las familias del pueblo criaba conejos y gallinas en sus pequeños corralitos. Entonces todo se aprovechaba incluidas las pieles de los conejos sacrificados. El ropavejero se las llevaba y a cambio entregaba cajitas de cerillas o platos de barro o, incluso, barrales de cristal grueso, todo dependía de la cantidad de pieles que le ofreciesen.
Con el alboroto que organizaban animaban a que los niños del pueblo se afanasen por sacar las pieles secadas al sol. La chica gigante, después de su exhibición circense, se encargaba de recoger lo que le ofrecían para entregárselo a su padre. Dice mi hermana, aunque mi madre asegura que no lo recuerda, que, ese día, al despojo de los animales, añadieron una manta vieja que, de tan remendada como estaba, ya no servía y mi hermana asegura que aquella prenda, a la mujer del pandero, debió de parecerle aún de buen uso porque la tomó de las manos de mi madre y se la mostró al ropavejero con cierto entusiasmo. El intercambiador la calibró y poco después le entregó a mi madre unas cuantas cajitas de cerillas, que sacó del carrito donde amontonaban las pieles, y a las que añadió una figurita que representaba un caballito de mar engarzado a una pequeña peana. El objeto parecía estar en buen estado y todavía se adivinaban unas cuantas letras esmaltadas en negro que alguien había intentado borrar. Mi hermana admite que era la primera vez que veía la reproducción de ese extraño animal por lo que aquello le pareció un regalo muy original. En casa, mi madre, lo limpió con esmero y lo colocó en una de las estanterías. A partir de ese instante, entró a formar parte de la decoración hogareña como por sí sola irradiase la primavera. Desde la lejanía de mi corta estatura la observaba a distancia y durante mucho tiempo me fascinó su forma.
El ropavejero y su familia volvían al pueblo cada año, pero, al igual que menguó el número de los animales de los corrales, se distanciaron sus visitas hasta que un año ya no regresaron.

El tiempo pasaba sin darme tregua. Mi hermana fue a la escuela fuera del pueblo. Estudiaba mucho y tenía menos tiempo para compartirlo conmigo. Algunas veces, me contaba cosas sobre las chicas del colegio y entre otras cosas me explicó que ellas vivían en pisos y que no tenían un corral o un huerto donde criar animales. Me costaba imaginar cómo sería vivir así y siempre pensaba que debería de ser horrendo tener una casa así. Un día, cuando ya se estaba terminando el curso, mi hermana nos contó que una de las chicas les había mostrado un llavero con un caballito de mar y que era idéntico a la figurita que teníamos en casa, aunque éste era más pequeño. Mi hermana le explicó que, en casa, teníamos una figurita idéntica, pero ella contestó que no podía ser porque, en realidad, ese tipo de objetos sólo lo tenían los que compraban un apartamento en Torremolinos. Mi hermana comentó que aquella chica se enfadó al pensar que nuestra familia podía tener era figurita al igual que su padre. Durante ese verano, en los anuncios de la televisión también aparecía un caballito de mar y un hombre que decía que aquello había sido la solución a sus problemas financieros, pues, según el reclamo, se obtenía un 12% de rentabilidad con el dinero sobrante. En aquel momento yo no sabía qué suponía esa cifra, pero, según nos comentó mi padre, aquel negocio sólo era para los ricos.
Comenzó el curso y el primer día del colegio, mi hermana, regresó muy impresionada, pues, la chica que les había enseñado el llavero con el caballito de mar en la clase contó, entre lágrimas, que su padre había sido engañado quedándose en la ruina por culpa de aquel apartamento en la provincia de Málaga. La chica dejó el curso. Mi hermana oyó decir que su familia se había mudado de ciudad.
A partir de ese instante, en la televisión surgió el caballito de mar, pero esta vez en las noticias. Se hablaba de una estafa, de una maraña financiera y de pérdidas millonarias. Durante bastante tiempo se achacó la culpa a unos cuantos inexpertos negociantes que terminaron por producir muchas deudas, juicios e infartos repentinos a los afectados que nunca recuperaron lo invertido en aquel negocio de la efigie del caballito de mar.
A los pequeños detalles el paso del tiempo los reduce a retales y bosquejos. A principios de la década de los ochenta, en nuestra casa se llevó a cabo una reforma muy importante y se tuvo que embalar la mayor parte de nuestras cosas. En una caja se guardó la figurita del caballito de mar, sin embargo, debió de perderse con el trasiego porque nunca más la volvimos a ver.


lunes, 14 de agosto de 2017

20 ¡BENDITO ESPECTÁCULO!



-¡Una condición! ¿Pero quién se cree que es esa buena señora para imponernos una condición? Antes muerto que acepto una condición impuesta de nadie para poder estrenar mis espectáculos.
Y así estuvo Darqués gritando y despotricando contra todo y contra todos durante varios minutos. Nunca le había visto tan fuera de sí como aquel día y menos por un motivo que no parecía ser tan importante como argüía. Nadie se atrevía a decir nada así que permanecimos expectantes escuchándole gruñir hasta que, por fin, se sentó en el borde del escenario y encendió un cigarrillo que, aparentemente, calmó su malhumor.
-Enrique, compréndelo, son tiempos difíciles y si queremos continuar haciendo nuestros planes tenemos que transigir para conseguirlos.
Fausto tomó la palabra como si fuese su obligación la de intentar apaciguarle los ánimos. Darqués no mostró ningún interés y ni le contestó. Soltó el humo del cigarrillo. Permaneció en su mutismo mientras el dramaturgo continuaba intentando convencerle de la idoneidad del proyecto.
-La marquesa Bonafé es una mujer muy piadosa por eso nos impone esa condición, pero he pensado que será muy sencillo convencerla de lo contrario, pues representar un espectáculo religioso no es la mejor opción con los tiempos que corren. Si le explicamos que el gobierno no lo consentirá porque hay una orden en la que se dice que toda manifestación religiosa fuera de los templos está prohibida seguro que lo entenderá. El mismo gobierno nos lo ha puesto fácil y sólo hay que decírselo a la marquesa de una manera elegante y discreta para que no se ofenda y nos financie cualquier otro espectáculo que se te ocurra poner en cartel.
Fausto enmudeció esperando una reacción del director, pero éste seguía hundido en su mutismo cuando, inesperadamente, Darqués se incorporó con tal ímpetu que nos dejó a todos boquiabiertos. Ese cambio repentino hizo tambalearse a Bartha que andaba distraído aparejando una de las cuerdas que sostenía los telones y poco le faltó para caerse al foso de los músicos.
-¡Ya lo tengo! La marquesa nos ha dado la clave para un nuevo éxito seguro. Estrenaremos un espectáculo religioso y revolucionario a la vez. Representaremos un drama moral y filosófico que encantará a todos y, en especial, a las autoridades republicanas.
Mientras decía estas palabras Darqués se había subido al escenario y tiraba de los telones que Bartha intentaba sujetar.
-Edelmiro deja que los telones nos hablen y nos den las claves de lo que necesitamos. Vete a buscar los libretos de El Cristo moderno que dentro de un par de días vamos a representar ese drama para la señora marquesa Bonafé.
-Pe… pero qué dices ¿te has vuelto loco, Enrique? –Tartamudeó Bartha ante la orden de su amigo y director de la compañía.
-En absoluto, querido Barthita, estoy más cuerdo que nunca. Piensa y verás como sí lo estoy. La marquesa quiere una obra religiosa y el gobierno una que sea revolucionaria y eso es lo que les vamos a dar a ambos. Anda, espabila que tenemos mucho que hacer. Y de paso diles a las guardarropías que desempolven el vestuario de rusos y cosacos que guardamos que tenemos que usarlo dentro de nada.
Con la actividad de Darqués pareció desatarse la locura en el teatro. Todos nos pusimos en movimiento, sin embargo algo paró la agitación que se había desatado y fue la entrada de Carlos Somel sosteniendo a un hombre por los hombros.
-Ayudadme, este hombre está herido. –solicitó Somel ante nuestra mirada atónita.
Entre Fausto y Bartha sentaron al herido en una de las butacas de patio. Llevaba uniforme y gorra de taxista. Le sangraba abundantemente la mano derecha. Máñez le obsequió con un vaso de agua y su esposa Carlota se inclinó sobre él para ver qué tipo de herida tenía.
-Es un corte profundo que le ha atravesado la palma de la mano, voy a ver si puedo cortar la hemorragia con un poco de yodo. –dijo Carlota Planes que se fue directa hacia los camerinos donde había un pequeño botiquín.
-Gracias, muchas gracias por ayudarme. Me obligaron a hacerlo, se lo juro. Yo me negaba, pero me encañonaron con la pistola.
-No hable, buen hombre. Guarde las energías para más tarde. –Le indicó Bartha.
-Lo encontré sentado en el suelo junto a un charco de sangre. En un principio creí que estaba muerto. –Explicó Carlos Somel mientras tomaba uno de los pitillos que le ofrecía Darqués.
Una vez Carlota le limpió y vendó la mano uno de los maquinistas le ofreció una copa de coñac que el taxista se bebió de un trago.
-Muchas gracias por su ayuda. Nunca la olvidaré –Dijo con voz entrecortada. –Si no llega a ser por este caballero que me ha recogido creo que me desangro tirado en la calle.
Tomó un poco de aire y comenzó su narración sobre la noche tan agitada y peligrosa que, según él, había vivido. Nos contó que era taxista y que solía hacer turnos nocturnos porque son los que mejor paga la empresa donde trabajaba. A primera hora de la noche se montó en su taxi un hombre de aspecto corriente. No le llamó la atención nada en particular salvo que tenía mucho interés en ocultar su cara bajo el ala del sombrero de fieltro negro que llevaba calado hasta las cejas.
-Ese era Aurelio Retall. –Dijo inmediatamente Darqués.
-Sí, señor, pero yo no lo supe hasta muchas horas después. Se subió a mi taxi cuando me encontraba estacionado en la parada de la calle Correos. Me indicó que lo llevase hasta la calle Sagunto y allí que me dirigí. No cruzó ni una palabra más conmigo durante todo el trayecto salvo para indicarme que me detuviese a recoger a dos individuos que permanecían bajo una de las farolas de esa calle. Fue, entonces, cuando me di cuenta de que aquello no era un viaje normal porque aquellos hombres llevaban escopetas de caza disimuladas en unos sacos. –El taxista hizo una pausa como queriendo recordar todos los detalles de lo que le había sucedido unas horas antes. –Una vez los tres dentro del taxi no tuve tiempo de reaccionar, Aurelio sacó su revólver y apuntándome a la cabeza me indicó que me mantuviese callado y que no intentase nada contra ellos y no me pasaría nada. Me asusté mucho al sentir el cañón de la arma sobre mi cogote. Pensé que ya no salía vivo de allí. Me indicó que los llevase hasta las Casas de Bárcena y a pesar del miedo que sentía les dije que no sabía si tendría suficiente combustible para los diez kilómetros de ida y menos para los siguientes de vuelta, pero uno de los hombres que portaban las escopetas me dijo que no me preocupase por eso porque antes iríamos a repostar a la gasolinera que había al final de calle de Sagunto. Creo que lo tenían todo muy premeditado pues, cuando llegamos al surtidor, el empleado, que es amigo mío, no estaba. Y era muy extraño que no estuviese porque no deja ni un segundo su puesto. –Tragó saliva y apagó el cigarrillo aplastándolo con la suela del zapato. Bebió agua y continuó con el relato del rocambolesco suceso.
-Sentía la angustia en mi estómago con cada bache y recodo del camino que provocaba el balanceo del coche. Temí que, con esos movimientos bruscos apretase el gatillo y una bala se incrustase en la cabeza. Llegamos a la pedanía y el jefe me ordenó que me mantuviese a la espera con el motor encendido, mientras ellos realizaban su trabajo. Me aseguró que si intentaba huir me buscarían y matarían a toda mi familia. Aquella amenaza me paralizó por completo. Los tres se bajaron del taxi y se dispusieron en la entrada del Banco familiar cuya sucursal está en la carretera. Tan seguros se sentían que ni se cubrieron el rostro. Uno de los dos tipos, a la orden del jefe, descargó dos tiros de la escopeta sobre la cerradura de la puerta y, a continuación, la golpeó con el pie abriéndose con toda facilidad. En el interior sólo estaba un guardián que encañonaron con la escopeta, mientras tanto, el jefe abrió la caja fuerte donde debía estar el dinero, pero lo cierto era que sólo encontró unos pocos
billetes, después me enteré que pretendían robar las nóminas que debían cobrar al día siguiente los ferroviarios, pero no estaban depositadas. Entre juramentos y maldiciones salieron de allí y se subieron a mi taxi con la intención de regresar a Valencia con el poco botín conseguido.
Aunque el camino estaba muy oscuro vi a una pareja de guardias de asalto escondidos en la última casa de la calle. Nos dieron el alto, pero Aurelio Retall me ordenó que acelerase. Sacó la mano por una de las ventanillas y disparó a uno de los guardias que por el retrovisor vi como caía herido sobre la carretera. –El taxista hizo otra pausa para tomar aire y continuar contando los hechos.
-¿No tuviste miedo? –Le preguntó Bartha que seguía, al igual que todos nosotros, su relato con gran interés.
-No, no tuve tiempo a tenerlo porque todo pasó muy rápido. Pisé el acelerador y como pude esquivé los tiros del rifle del otro guardia. Una vez dentro de la ciudad la huida podía complicarse o ser más sencilla todo dependería de si no tenían refuerzos esperándonos. Las calles se encontraban solitarias. Aparentemente no habría ningún problema para escapar. En ese instante, algo más calmado, Aurelio Retall habló a sus secuaces sobre la traición que alguien les había hecho porque el dinero de las nóminas no estaba en la caja y, además, la policía les aguardaba. Y entre juramentos dijo que se las pagaría quien hubiese sido. Me ordenó que me desviase por un camino de tierra hacia la huerta de Benimaclet para dirigirnos a los poblados marítimos, pero, en ese instante, se escuchó la sirena de la policía que nos perseguía. Era un furgón de los que suelen usar para trasladar a los delincuentes a la cárcel. Me desvié en dirección al centro de la ciudad porque así pensé sería más fácil despistarles. Por las calles no circulaba ni un transeúnte. Aquello fue una locura porque ya no sólo nos perseguía un furgón sino que nos salían al encuentro guardias de asalto y guardias civiles que pretendían detenernos. Aturdido y con el pánico en el cuerpo pensé que si nos cogían me acusarían de ser cómplice de los atracadores e, incluso, dirían que el taxi era robado así que sin pensarlo dos veces  aminoré la marcha y en un descuido me lancé fuera del vehículo. Fue entonces cuando al apoyar la mano en el suelo me corté con unos cristales rotos. Del resto ya saben lo que ocurrió.
-Al algo que no está muy claro, caballero, porque si se tiró en marcha y usted conducía el coche se estrellaría ¿no? –Observó muy inteligentemente Fausto que estaba tan atento como todos al extraño relato del taxista.
-Bueno, no creo que llegase a hacerlo porque Aurelio es muy ágil y tomaría el volante para que no se desviase contra una fachada.
Tanto Bartha como Darqués y Somel miraron al taxista sorprendidos de esta última explicación. El taxista dijo desconocer a los atracadores y, sin embargo, habló del cabecilla como si lo conociese mejor de lo que había afirmado.
Nadie habló salvo cuando le taxista hizo mención de levantarse.
-No tenga tanta prisa, amigo, por cierto no nos ha dicho su nombre.
-Me llamo Luis Beltrán, señor. Han sido ustedes muy amables, pero ahora debería irme a casa si no les importa.
-Espere todavía debe reponerse un poco más antes de salir de aquí. –Se adelantó Bartha a hablar mientras, con su menudo cuerpo, pretendía entorpecer su salida. –Además, hay que dar parte de su caso a las autoridades. Es nuestra obligación y responsabilidad.
La expresión de la cara de aquel hombre se mudó y con una agilidad pasmosa dio un salto colocándose detrás de Carlota Planes. De uno de los bolsillos de su raída chaqueta del uniforme de taxista extrajo una pequeña pistola con la que apuntó a la cabeza de la actriz.
-Quítese de en medio comicacho muerto de hambre o le pego un tiro a esta gorda.
De pronto había mudado su máscara de hombre aturdido por la del verdadero atracador que era.
-Toda su historia parecía ser convincente hasta que usted mismo se ha descubierto con ese final increíble. – Darqués habló con un tono apropiado en la actuación de uno de sus melodramas policiales. –Mi estimado amigo, la realidad es otra ¿verdad? Usted forma parte de la banda de Aurelio Retall y era el encargado de robar el taxi  para cometer el atraco. Asaltó a un taxista al que le robó su vehículo y su uniforme junto con la placa de identificación. Es fácil deducirlo porque al preguntarle el nombre ha dicho Luis Beltrán y, sin embargo, en la chaqueta la inicial que lleva bordada es una ‘E. Beltrán’ así que al pobre desgraciado al que le quitó su medio de vida no le llaman Luis. Por otra parte, tampoco se comprende que se quedase quieto en el coche mientras los otros cometían el atraco. Una persona inocente intenta huir de los que, seguramente, le pagarían su servicio con un par de tiros. Seguramente se tiró o lo tiraron del coche porque tenía la mano herida y se estaba desangrando ¿me equivoco?
Y mientras hablaba se iba acercando poco a poco hasta él.
-No dé ni un paso más que no respondo de mis actos y le aseguro que soy capaz de disparar. –Gritó el ladrón disfrazado de taxista que parecía ponerse más nervioso a cada minuto que pasaba.
-No se preocupe, no disparará a nadie y le aseguro que usted no saldrá de aquí por mucho que nos desprecie. –Le dijo Bartha que empuñaba un palo y que se disponía a golpear al delincuente.
Darqués, al tanto del intento de su amigo, siguió hablando para distraerlo.
-Sí, usted nos desprecia porque vamos con nuestro arte de ciudad en ciudad, pero se le olvida que somos honrados y que no robamos a los trabajadores, sino que les damos diversión y un poco de felicidad.
Y dio unos pasos más hacia él que le obligaron a retroceder de tal forma que quedó en disposición para que Edelmiro Bartha le asestase un golpe sobre el hombro. Por el efecto de la sorpresa y también del propio golpe el ladrón levantó el brazo momento que aprovechó Carlos Somel para abalanzarse sobre él y arrancarle la pistola de la mano. El forcejeo sólo duró unos segundos, pero tuvimos la sensación de que transcurrían horas. Carlota se soltó de su captor y se precipitó hacia los brazos de su esposo que también se había lanzado sobre el delincuente.
-¡Ay, Miguel, cuánto miedo he pasado! –Gritó la actriz con un tono que sonó verdadero.
Entre los maquinistas, Somel y Bartha tumbaron al ladrón embustero. Darqués llamó a la policía que no tardó nada en acudir para llevárselo. En realidad, lo que nos había contado todo era cierto salvo su presumible inocencia.
Aquella situación nos había alterado a todos por eso se decidió que continuaríamos, con los preparativos de la puesta a punto del estreno de El Cristo moderno, al día siguiente, sin embargo, cuando ya nos disponíamos a salir Andreu y yo acompañados por Bartha, nos cortó el paso una señora que se apostó en la entrada. Iba toda vestida de negro y en su cara marmórea destacaba una gran nariz cuya forma recordaba a la del pico de un cuervo.
-Buenas tardes, soy la marquesa Bonafé ¿Sería tan amable de decirme quién es el señor Darqués?
La voz de aquella mujer no estaba acorde con su rostro y aspecto pues sonaba a una melodía primaveral frente a su aspecto espectral.
Al instante Bartha le mostró la dirección en la que éste se encontraba y retrocedimos hasta allí.
La entrevista entre ambos fue breve, pero digna de recordar porque aquella mujer hablaba engarzando exclamaciones religiosas que nos sorprendieron a todos.
-Señor Darqués, ¡Bendito sea Dios! Me ha costado bastante encontrarle, porque qué escondido que se encuentra este teatro, ¡Válgame Dios y toda su corte celestial! No había manera de poderlo encontrar ¡Santo Cristo!
-Mi querida y admirada marquesa Bonafé es un placer que haya venido a vernos. Me imagino que lo hará por la cuestión de la obra y la condición que nos ha impuesto. –Acentuó Darqués en esta última parte de sus palabras.
-¡La Virgen del Socorro! No diga usted eso, señor Darqués. ¡Santo cielo! Imposible imponerle nada a un artista como usted ¡La Virgen del Amor Hermoso! Sólo que ya que voy a financiar su próxima campaña quiero que sea de mi agrado. ¡Por Cristo Rey! Que no quisiera que mi dinero fuese para los revoltosos y exaltados, la Virgen del Don nos asista.
-Tranquila que nuestra obra va a ser una auténtica revolución escénica, señora.
Y al decir esto Bartha se atragantó con su propia saliva dándole un ataque de tos que distrajo la atención de la enlutada dama.
-¡Por las bodas de Caná! A este hombre le ocurre lo mismo que a mí que me atraganto en menos que canta un gallo tres veces. Tome un sorbito de este licorcito que seguro que le alivia ¡Por las santas llagas de Cristo!
Y extrajo una botellita que llevaba en una bolsa de mano y la abrió para que Bartha tomase un sorbito.
-No tenga miedo que no es malo, es Agua del Carmen, ¡La Virgen! Es uno de los mejores remedios que se han inventado. Mi difunto marido, ¡Qué en paz descanse! Decía que era licor puro, pero le aseguro que se equivocaba porque yo llevo mucho tiempo tomándola y nunca he tenido problemas de alcoholismo, al contrario, con un sorbito lo veo todo mucho más claro y no necesito ni beber agua. ¡Por los clavos de Cristo! Que si le pusieron el nombre de la Virgen marinera por algo será.
Y tras esa disertación sobre los beneficios de la solución oral y remedio de los males de aquella señora, ésta continuó preguntándole sobre el espectáculo religioso que debía pagar.
-Estimada marquesa Bonafé, le aseguro que no quedará descontenta de nuestra elección, pues con nuestro trabajo no sólo haremos una exaltación de la figura de Cristo sino que convertiremos a los más ateos al catolicismo. Se lo prometo.
-¡Santo Dios! ¿Quiere decir que rescataremos más almas del purgatorio con este espectáculo? ¡Alabada sea la Santa Sangre del Redentor!
-Y así será porque vamos a hacer un Cristo moderno en todos los sentidos. Será un revolucionario dentro de la misma revolución bolchevique.
-¡Por las llagas de Cristo crucificado! ¿Qué me está diciendo usted? ¿Va a representar una obra comunista?
Y fue entonces cuando Darqués terminó con aquel torrente de bendiciones y exaltaciones cristianas con su oratoria de avezado comediante que deseaba ganarse la voluntad de aquella piadosa dama. Le contó, con gestos dramáticos y arranques de voz lacrimosa, el calvario que Octavio, el personaje ruso escrito por el valenciano José Fola Igúrbide y lo hizo, de tal forma, que casi nos pareció ver la amargura del personaje hundido en la miseria por la pasión cristiana.
-¡Alabado sea por siempre su santo nombre! ¡Qué bonita es esa obra! Y yo ni la conocía. ¡Santa Inocencia del Niño Perdido! Me asombro de lo ignorante que soy. Prométame que el teatro se llenará y que la revolución se haga de manera que todos alaben a Cristo Rey cuando se haya terminado.
-Tiene mi palabra, señora Bonafé. Confíe en mí y mi compañía que nunca le defraudará.
-¡Bendito espectáculo! ¡Bendito espectáculo! Cristo le ilumine que si tiene éxito tenga por seguro que le pagaré el dinero suficiente como para terminar toda la temporada ¡La Virgen del Perpetuo Socorro! Que cumpliré mi promesa.
Y entre alabanzas y bendiciones aquella mujer, de aspecto agorero, salió del teatro convencida de que su inversión salvaría almas del purgatorio, aunque no iba muy desencaminada, pues, en cierta manera, nos salvaba a todos nosotros que, al fin y al cabo, también éramos dignos de ser considerados dentro de nuestra miseria.
Cuando se fue todos exclamamos a la vez:
¡Bendito espectáculo!