sábado, 21 de octubre de 2017

24 JOSÉ FITA



-Señor delegado del gobierno, sólo queremos que nos informe de la situación.
-Lo siento, caballeros, pero debo reunirme con el comité de los estibadores y no ando sobrado de mucho tiempo.
-Pero señor, compréndalo, necesitamos aportar noticias para publicarlas en nuestros periódicos. Por favor explíquenos brevemente cómo se encuentra la situación en el puerto de Valencia. ¿Sabe cuándo se retomarán los trabajos de estiba?
El periodista que más insistía por conseguir una respuesta del delegado del gobierno en la ciudad de Valencia era Alfredo Sendín. Tantos fueron los ruegos de él y sus colegas que, a pesar de su reticencia, el delegado gubernamental, no tuvo más remedio que detenerse ante los periodistas.
-Está bien, les haré un conciso resumen de lo que ocurrió en la tarde de ayer. El comité de huelga del puerto de nuestra ciudad decidió, por unanimidad, en la asamblea convocada por los sindicatos de la UGT y de la CNT, paralizar los trabajos portuarios de carga y descarga del transporte marítimo. El motivo que alegan es su reivindicación de que sean readmitidos los cuatrocientos trabajadores despedidos. Esta situación ha supuesto que los barcos que está previsto descargar se hayan tenido que desviar a los puertos vecinos de Denia y Alicante, provocándose las consabidas pérdidas económicas para la ciudad. Este inoportuno cambio supone muchos miles de pesetas, pero los obreros no se avienen a razones de ningún tipo.
-¿Qué es lo quepiden? –Le interrumpió Sendín.
 -Pretenden la readmisión de los eventuales despedidos.
-El hambre también es inoportuna, señor delegado.
Todos los periodistas se volvieron en dirección a la voz que replicaba al delegado. Se trataba de un hombre vestido con un traje de pana desgastada, calzaba alpargatas de esparto y llevaba calada una gorra de las que suelen usar los estibadores. En la boca le colgaba una media colilla que mantenía en equilibrio en la comisura de sus labios mientras hablaba.
-Intentamos solucionar los problemas lo más rápido posible. –Le contestó el político con voz contundente y mirándole fijamente a la cara.
-Puede que su sentido del tiempo sea más lento que el nuestro, señor. –El obrero le replicó sin apearse del tono firme con el que había comenzado a hablar. –Las familias de los trabajadores despedidos pasan hambre y eso no se puede ver desde sus altos despachos, señor.
El delegado gubernamental estaba a punto de replicarle cuando su voz fue ahogada por el estruendo de un petardo que explotó en una calle cercana. Un chico, de los que se encontraban escuchando a los dos interlocutores, salió corriendo en dirección al lugar de donde procedía la detonación. A los pocos minutos regresó gritando que sólo se trataba del derribo de un poste de la catenaria del tranvía.
-Sería el único que quedaría en pie en el tramo. –Apuntó uno de los periodistas que rodeaban al delegado y al obrero.
Su comentario provocó las risas de los que estaban presentes, pero éstas se silenciaron en el momento en el que el político retomó la palabra.
-Ese tipo de incidentes, que a ustedes parece provocarles gran satisfacción, son los que han sumido a parte de la ciudad en la desidia de la carestía. Ni luz, ni gas, ni agua y ahora ni los suministros que llegan de mar. ¿Qué pretenden con este tipo de acciones? ¿No se dan cuenta de que se están hundiendo en la miseria ustedes mismos?
-Señor, tal vez, si atendiesen alguna de sus peticiones dejarían de producirse todos los disturbios. –Apuntó, Alfredo Sendín, el periodista.
Unos murmullos dejaron en suspenso la posible respuesta del político que dio por terminadas sus declaraciones. Se disculpó ante los que le rodeaban alegando que tenía prisa por acudir a la reunión y salió en dirección hacia el coche, con chófer, que esperaba a unos pasos de la improvisada rueda de prensa. Se introdujo dentro del acharolado automóvil, pero no pudo arrancar porque un gran número de manifestantes rodearon el vehículo impidiéndole el que se moviese.
Los manifestantes eran familias enteras que, con un murmullo seco, mostraban su protesta. Los periodistas se colocaron a un lado para ser testigos del momento. Y aunque lo rodearon por completo nadie intentó abrir la puerta del coche ni violentó a sus ocupantes. Aquella situación era sólo un acto simbólico de la protesta obrera, sin embargo, el desenlace fue otro. El obrero, que minutos antes había interpelado al gobernador, se abrió paso entre los manifestantes y con agilidad se encaramó al techo del vehículo. Desde aquel improvisado púlpito continuó su arenga.
-Camaradas, el hambre no hace distinciones. No le importa si eres alto o bajo o si tienes una o siete bocas que alimentar. El hambre ataca cuando te encuentras desprevenido y lo hace a traición. El hambre es la aliada de los poderosos, por eso no le importa si se mueren nuestros hijos o si se merman nuestras fuerzas.
Los manifestantes le escuchaban atónitos ante un discurso simple y locuaz que explicaba su situación.
Protestas en Valencia (1934)
-El señor delegado dice que quiere llegar a un acuerdo con nosotros, los obreros, pero antes nos pide que acatemos sus mandatos y después ya se hablará de cómo aplacar esa hambre que nos devasta. Creo que aquí el asunto está muy claro y que los únicos que no parecen entrar en razones son ellos que dicen ser la autoridad ¿verdad? Porque yo me pregunto ¿cómo vamos a poder trabajar con el estómago vacío? ¿O es que acaso se nos olvida que en el cementerio tenemos más de un niño enterrado víctima del hambre?
Mientras el obrero hablaba, el político, lo contemplaba asomado por la ventanilla de su coche. Aquel hombre había demudado su expresión de autoridad, de los minutos previos, por una mirada de angustia que mostraba temor por su vida ante las palabras del obrero, y ya no parecía tan seguro como al principio.
-Ya no podemos esperar nada más de las promesas de solucionar lo imposible. Debemos actuar antes de que el asunto se desvíe porque…
Pero no pudo terminar la frase porque el sonido de los cascos de los caballos de los militares, que se desplegaron a su alrededor, desvaneció toda posibilidad de continuar.
Instintivamente, los manifestantes se apartaron de los caballos y de los fusiles que les encañonaban, abriéndose un pasillo entre ellos y el coche del político. A pesar de todo, el obrero, todavía continuó encaramado al techo. El delegado del gobierno salió del vehículo y dirigiéndose hacia el militar, que parecía ser el jefe de aquella cuadrilla, le ordenó que detuviese al cabecilla que, según él, con su discurso, había puesto en peligro su vida. El obrero no opuso ninguna resistencia cuando el militar le requirió para que se bajase del improvisado atril, por eso a todos nos sorprendió el silbido de un tiro y el golpe seco que provocó su cuerpo al derrumbarse ante los pies del delegado.
Fue uno de los periodistas el que se abalanzó sobre el herido para comprobar si estaba vivo o muerto.
-¡Aún respira! –Gritó con un hilo de voz.
Y con la ayuda de otros dos hombres lo introdujeron en el coche. Fue trasladado al Hospital de La Malvarrosa.
                                               ***
-¿Y luego que ocurrió? –Me preguntó Bartha con interés.
-Con un gran silencio todos se dispersaron. Los militares custodiaron la retirada de los manifestantes. –Le respondí con soltura.
-Desde luego, tu hermano ha sido muy poco prudente al llevaros a un acto como ese. –Afirmó Bartha que no le gustaba que Batiste y yo estuviésemos lejos de su protección.
-Librada también nos acompañaba. –Dije con orgullo por sentirme útil.
-Todos los periódicos lo han contado, pero cada uno da una versión distinta. –Afirmó Miguel Máñez. –Unos dicen que le disparó un soldado, sin embargo, en otro periódico se dice que fue uno de los manifestantes el que le lanzó una piedra y que lo derribó.
-Bueno, creo que hay una gran diferencia entre un tiro y una pedrada ¿no? –aseguró Carlota Planes que cosía uno de sus vestidos de escena.
Pero ya no pudieron continuar comentando el hecho porque en ese instante entró Batiste con paso corto y rápido gritando que terminaba de explotar una bomba.
-Para un momento y recuperar el aliento. –Le indicó Bartha.
-La puerta de la tienda de ultramarinos que hay en la esquina ha explotado por los aires. –Explicó con voz entrecortada. –Yo lo he visto todo. Unos hombres estaban vigilando la calle y, cuando han visto que no cruzaba nadie, han lanzado la bomba sobre la entrada.
-Bueno, cálmate y no grites tanto. –le indicó Miguel Máñez. –Lo que debes de hacer es no contárselo a nadie ¿comprendido?
El miedo nos había convertido en cautelosos.
Durante unos instantes la incertidumbre se cernió sobre nosotros y sólo nos recuperamos cuando entró Darqués que, con su carismática personalidad, nos informó de que la función de las tres y media se suspendía.
-Debido a los incidentes que se han producido en el Grao un obrero ha resultado gravemente herido y ha fallecido en el hospital por las heridas recibidas.
-¿Es la noticia que aparece en los periódicos? –le preguntó Máñez con interés.
-El delegado del gobierno se ha visto obligado a dimitir.
-Bueno, los cargos políticos duran lo que duran ¿no? –Apuntó Carlota Planes que no cesaba de remendar el vestido de lentejuelas.
Nadie le contestó salvo su marido que le sonrió ante su sencilla conclusión.
-Eso significan más disturbios y más pérdidas económicas.
Quien así habló fue Gumersindo Plácido, el contable del teatro Ruzafa, que acompañaba al director y que había penetrado en la estancia casi como un fantasma.
-Gumersito no seas tan cenizo ya verás cómo aún hay función hoy. –Le indicó el director.
Aunque nadie le replicó, la tristeza se podía palpar en el ambiente y sólo se desvaneció cuando entró la duquesa Ivanoff que, con el gracejo que le caracterizaba, provocó la sonrisa de Bartha y la admiración de todos los que nos encontrábamos allí reunidos. Natasha iba acompañada por Carlos Somel, su tío Luis Sotomarch y el ingeniero Juan de la Cierva. El estupor nos enmudeció a todos antes sus acompañantes y fue ella la que rompió el silencio pidiéndole a Bartha que la llevase a casa. Aquella enigmática mujer nunca dejaba de sorprendernos con sus apariciones, pues, según todos creíamos, se encontraba en casa recuperándose del golpe recibido en la cabeza durante la estampida, todo indicaba que, la enérgica rusa, formaba parte de las intrigas de aquella Hermandad a la que pertenecían los caballeros que la acompañaban, Darqués y, presumiblemente, mi hermano también.
Librada, Batiste se reunieron conmigo y, al igual que yo, permanecieron expectantes a lo que se decía allí.
-Caballeros, si no les inoportuna el local, podemos celebrar la reunión en mi camerino. –Dijo Darqués, con tono enérgico, a los recién llegados.
Y fue así como, en un instante, se marcharon todos quedándonos solos con el peculiar contable del teatro, Gumersindo Plácido, que, nervioso de verse excluido del grupo de Darqués, optó por murmurar unas palabras ininteligibles a modo de despedida.
Nosotros no teníamos ninguna tarea que hacer así que también salimos a la calle para curiosear un poco los desperfectos producidos en la entrada y fachada de la tienda en la que había explosionado la bomba. El propietario y su mujer barrían los cascotes. Nadie les preguntaba el motivo ni tampoco les prestaba ninguna ayuda, por lo que deducimos que la explosión, tenía origen en alguna rencilla personal. Perdimos pronto el interés por sus labores de limpieza y nos atrajo el vocerío que procedía de las calles adyacentes. Atraídos por los aplausos que sonaban y que daban paso a una melodiosa voz de mujer. La curiosidad por ver qué ocurría nos hizo llegar hasta allí. Una joven, de cabellos claros, subida sobre un carro, se dirigía hacia el heterogéneo público.
-Hermanos, la muerte de nuestro compañero, José Fita, no puede ser olvidada. Él nos defendía del poder cuando fue abatido como si fuese una presa de caza. –Se escuchó un murmullo de reafirmaba sus palabras.
-Debemos mostrar nuestra solidaridad con su valentía por eso creo que le acompañaremos hasta su última morada, pero lo haremos a nuestro modo. No vamos a conseguir que las autoridades intervengan, ni tampoco dejaremos que nos envuelvan con sus discursos de postín.
-Sí, eso, muerte al opresor. –Gritó alguien de los que le escuchaban.
-Nada de violencia, compañero. –Le replicó la hermosa joven rubia. –A las agresiones hay que corresponderles con acciones pacíficas. Debemos demostrarles que no somos violentos. Nos bastamos para celebrar un entierro digno. Paralizaremos la actividad de la ciudad. Se cerrarán todos los negocios, pero no dejaremos que haya fuerzas militares ni policiales que intervengan. Hoy, a las tres y media, será el traslado del féretro del compañero José Fita hasta el cementerio del Grao. Os espero a todos y todas. ¡Salud compañeros!
La oradora se apeó del carro con la ayuda de dos hombres y un murmullo de aprobación fue la despedida a su proclama.
Regresamos al teatro y alcanzamos a ver cómo se despedía Darqués de aquellos caballeros. Recuerdo sus palabras porque, poco después, como una maldición, se volvieron contra todos nosotros.
-Queridos amigos, esta situación no va a desembocar en una guerra fratricida. Las gentes de este país no lo consentirían nunca y, además, los militares, se muestran leales a la República.
-Esperemos que tu optimismo se cumpla, hermano –Le replicó Luis Sotomarch.
Tanto Librada, como Batiste y yo mismo teníamos tantas ganas de poder contar lo que habíamos visto en la calle que abordamos al director en el mismo instante en el que terminaba de hacer los gestos rituales de despedida a sus acompañantes.
-Debemos ir al entierro de ese obrero. –Nos dijo con una sonrisa.
-José Fita se llamaba. –Le recalcó Librada que no solía puntualizar a nadie.
-Un buen trabajador de la estiba. –Afirmó Salvador Masobrer, mi hermano, que se encontraba en la puerta en el momento en el que Librada pronunció el nombre del muerto. –Vamos todos.
                                                            ***
Al día siguiente en la prensa se dijo que asistieron más de treinta mil personas de acompañamiento. El comité de enlace de la CNT y UGT no permitió que las autoridades presidieran el acto. También se dijo que tampoco se toleró que hubiese fuerzas ni policiales ni militares para mantener el orden, el cual, fue completo. Todos los obreros, de ambos sexos, se encargaron de la comitiva. En todos los periódicos se coincidió que el paro fue secundado por todos, los casinos, los cafés, incluso los taxis y tranvías que dejaron de circular hasta la hora convenida, las seis y media de la tarde, hora en la que comenzaron a funcionar los teatros y salones de cine.
                                                            ***
-Los periodistas siempre dan su versión sesgada. –Puntualizó Miguel Máñez con el periódico en la mano. –Estoy seguro de que la comitiva de gente no llegó al cementerio hasta bien entrada la noche. Nunca he visto un acompañamiento tan numeroso, ni paro un tan completo como el que hubo ayer.
-Ni tampoco cuenta que los actores y actrices realizamos la función a beneficio de la familia del finado, José Fita, y que nos quedamos sin beneficios. –Puntualizó el contable Gumersindo Plácido que, con cara de amargura, escuchaba a Máñez.
-Pero valió la pena hacerlo, Gumersito, porque nuestro caritativo acto nos ha beneficiado. –Puntualizó Darqués. –El próximo sábado visitará la ciudad el presidente Samper y está previsto que seamos nosotros los que hagamos una función ante su comitiva.
-¡Oh! –Exclamamos todos a la vez.
-Ahora debemos pensar en una obra adecuada.










viernes, 13 de octubre de 2017

23 LOS ÁNGELES DE CORREOS



Agobiado por el caos vivido en pocos minutos enmudecí y no fui capaz de reaccionar ante el torrente de súplicas del asustado Batiste que lloraba aterrado asido a mi pernera.
-Ya ha pasado todo. –Salvador nos reconfortó a ambos arropándonos entre sus brazos como queriendo quitarnos el miedo que se había adueñado de nuestra voluntad tras vivir aquella inexplicable estampida humana.
Librada mantuvo la serenidad durante los momentos de pánico y, una vez que las carreras y empujones terminaron, se soltó del abrazo protector de Salvador para ayudar a Bartha y a Darqués que se afanaban en atender a la inconsciente duquesa Ivanoff. El fuerte golpe recibido en la cabeza le había provocado una pequeña brecha en la frente de la que le manaba un gran chorro de sangre.
-Querida mía, por favor, Natasha, no me asustes más de lo que estoy. –Gimoteaba Edelmiro, con un hilo de voz, mientras le acariciaba las mejillas blancas como el alabastro. El solícito amante presionaba la herida con un pañuelo para contenerle la sangre.
El director extrajo un frasco del bolsillo de su chaqueta y vertió unas gotas de un líquido oscuro, denso y de un fuerte olor alcanforado. Lo acercó hacia los labios pálidos de la rusa e instantáneamente un gemido surgió de la garganta de Natasha como señal de que volvía a la consciencia. Abrió los ojos. Dirigió su mirada desorientada hacia nosotros y dibujó una sonrisa en su cara cuando logró fijar su mirada en el rostro preocupado de Bartha. Intentó hablar, pero sólo consiguió mover los labios sin llegar a articular ninguna palabra. Darqués guardó el frasco en su bolsillo y, con el halo de misterio que siempre le caracterizaba en cada una de sus actuaciones, volvió a atender a la herida como si no hubiese tenido nada que ver con su recuperación casi por arte de magia.
-¡No hables, querida! Conserva las fuerzas para reponerte. –Insistió Bartha.
Con sumo cuidado la levantó del suelo. Con pasos lentos subió la escalinata del palacete de correos. La entrada repleta por los manifestantes que se habían refugiado empujados por el miedo escasamente permitía el avance. Como pudimos nos acercamos a una de las paredes. Miré hacia el techo y me quedé atónito contemplando un artesonado repleto de sobres con dos alas. Daba la sensación de que aquellas cartas volaban por encima de nuestras cabezas como queriendo huir hacia su verdadero destino.
-Andreu mira qué lámparas más extrañas. –Señaló Batiste.
Se trataban de dos apliques de bronce con cuerpo de mujer y que en cada mano sostenían un farol y sobre su cabeza un tercero a modo de remate.
Cada vez se agolpaba más gente en la entrada y asustados por las carreras y cargas de los guardias de asalto. Alguien logró penetrar dentro del palacete y, a continuación, abrió las puertas. Inmediatamente todos los que transportaban a los heridos entraron y se distribuyeron en el gran patio oval enlosado como si se tratase de un damero de ajedrez.
-Andreu, buscad un poco de agua para poder mojarle los labios y la frente a Natasha. –Solicitó Bartha.
Miré hacia uno de los laterales y vi un barril grande de donde unos hombres se encargaban de suministrar el agua necesaria para atender a los heridos. Con algún que otro empujón y con la continua ventaja de mi escasa estatura conseguí acercarme hasta allí. Volví rápidamente con un pequeño recipiente de agua para que la duquesa pudiese beber un sorbo.
El griterío de voces de súplicas de ayuda y los quejidos de los magullados manifestantes componían un panorama de amargura y tristeza que se convirtieron en el real sonido del caos. Me senté junto a Batiste y Librada. Intenté abstraerme con la observación del salón oval cuya forma y belleza me parecieron lo más singular que había visto hasta el momento. Aquella sala de gran tamaño e iluminada por la luz del día me fascinó. Levanté la cabeza y vi un techo compuesto por infinidad de cristales de colores que representaban escudos unidos por la representación de unos sobres alados. Una estructura metálica conformaba aquella extraña figura hasta descansar sobre los arcos de un segundo piso. Bajé la mirada hacia el piso inferior y contemplé el bosque de columnas que lucían capiteles con los mismos motivos alados. Sobrecogido por aquella explosión de luz y de imágenes alusivas al correo postal me quedé absorto y por eso me sobresalté cuando noté una mano que se posaba sobre mi hombro.
-El escudo central es el de nuestra tierra. –Me indicó Salvador.
-Pues los otros son también muy bonitos. –Dijo Librada.
-Gran parte de esos cristales yo los coloqué mientras trabajaba en el interior de este edificio. –Afirmó, mi hermano, con cierto tono de orgullo.
-¿En serio? –Preguntaron, casi a la vez, Batiste y Librada.
Salvador se sintió halagado por nuestra curiosidad y con cierto tono de jactancia nos animó a que lo acompañásemos a una visita por su interior.
-No podemos abandonar a Natasha. –Dije con un poco de desánimo ante lo que prometía ser una verdadera excursión hacia lo desconocido.
-Id con Salvador a ver el palacio de comunicaciones y correos. –Ordenó Darqués que estaba escuchándonos. –La señora duquesa ya se encuentra fuera de peligro y Edelmiro y yo la cuidaremos.
-Seguidme. –Corroboró Salvador las palabras del director.
Su paso firme nos guió hacia uno de los laterales donde, por unas escaleras, bajamos hasta encontrar una puerta de madera cerrada con llave Salvador extrajo una pequeña herramienta del bolsillo de su pantalón y con ella la abrió como si se tratase de la mismísima llave de aquella cerradura. Nos hizo pasar y tuvo la precaución de cerrar la puerta tras nosotros para evitar que nadie más nos siguiese.
El paso de tanta luz a una oscuridad propiciada por la estancia sin ventanas hizo que nos quedásemos parados esperando a que nuestra vista se adaptase a la penumbra. Salvador sacó la mecha con la que solía encenderse los cigarrillos y, con mano experta, encendió un pequeño candil de aceite que estaba junto a la puerta. La tenue luz bastó como para que pudiésemos ver una nueva escalera situada enfrente nuestra.
-Subid con cuidado que los escalones son un poco altos. –Nos advirtió Salvador.
La estrechez de la escalera nos proporcionó una sensación de que aquello no se terminaba nunca. Casi al instante, un haz de luz asomó por la ranura de otra puerta, similar a la que habíamos cruzado, y que nos cerraba el paso. Salvador abrió esta segunda puertecita con la misma habilidad que demostró con la primera y la luz intensa nos cegó. Ante nuestra atónita mirada se abrió una balconada compuesta de mármoles combinados con tonos desde el puro blanco hasta los más oscuros térreos. El suelo de ese primer patio no era de baldosas grandes como el del patio inferior, sino que estaba compuesto de pequeñísimas piezas que se combinaban hasta recrear formas de flores y jarrones.
-No os separéis de mí. –Nos advirtió Salvador que comprendió nuestra sorpresa ante aquellos suelos tan hermosos.
Caminamos pegados a él sin casi acercarnos a las barandillas diáfanas de hierro. Las voces de los instalados en aquella zona ensordecían nuestro curioso viaje y casi no nos dimos cuenta de la voz que nos llamó.
-Salvador y compañía ¿qué hacéis por aquí?
Quien nos interrogaba era nada más y nada menos que Carlos Somel acompañado por su tío Luis Sotomarch Somel.
Nos detuvimos ante su voz de requerimiento y me quedé asombrado cuando mi hermano se dirigió hasta ellos con gran naturalidad. Los tres se saludaron con un extraño gesto y, a continuación, fue mi hermano el que inició una cordial conversación con ambos.
Los tres nos quedamos atónitos escuchándole explicar, con la forma más locuaz y correcta, nuestra casual estancia en ese palacete. Nunca imaginé que mi hermano poseyese ese don de la palabra. De pronto un siseo detuvo las palabras de Salvador y todos nos volvimos hacia el lado de dónde provenía la llamada. Se trataba de la cantante barbuda que con gestos nos llamaba. Se encontraba en una puerta lateral no muy lejos de nosotros.
-Es María Bartolineti –Indicó Carlos Somel.
Y con un gesto de su mano nos animó a acercarnos hasta ella.
-María es de confianza. –Reafirmó Salvador. –Ella terminará de haceros la visita mientras yo charlo con estos caballeros.
Me sorprendieron las palabras de mi hermano, más propias de un letrado que de un albañil como lo era él, sin embargo, no hice ninguna objeción a su mandato y me dirigí hacia la cantante que nos sonreía esperando nuestra llegada junto a ella.
-Mis queridos niños, acompañadme y os enseñaré los ángeles de la comunicación, pero para poderlos ver no sólo debéis creer en ellos, sino que necesitáis guardar el mayor de los silencios, pues, si los despertáis de su letargo pétreo, puede que se enfaden y dejen de emitir sus rayos telegráficos con los que envían los mensajes que tanto desea toda la humanidad.
La voz cantarina de aquella insólita mujer nos hipnotizó como si se tratase de una orden dada por uno de esos anunciados ángeles. Nos dirigimos tras sus pasos a una de las puertas que ella nos franqueó y al cruzarla nos encontramos frente a una cristalera que protegía a cinco figuras de piedra.
-Estas estatuas representan a los cinco continentes. ¿A que son hermosas?
-¿Por qué lleva una antorcha la del medio? –Preguntó intrigado Batiste que hasta entonces había permanecido callado.
-Representa al continente europeo y con la antorcha ilumina a los otros. A sus pies están el símbolo del telégrafo son esas dos ruedecitas unidas por un yunque. Las otras esculturas llevan mapas y pretenden enseñar que…
Pero no pudo terminar sus palabras porque se escuchó una voz que gritaba desde uno de los laterales.
La mujer barbuda hizo una seña para que guardásemos silencio. En el rincón más sombrío huimos de las posibles miradas de tres hombres vestidos con traje de chaqueta y sombrero que, ensimismados en su conversación, pasaron junto a nosotros sin vernos.
Una vea se alejaron, María Bartolineti, nos condujo por un angosto pasillo que desembocó en una escalera de caracol que subimos con gran rapidez. Al igual que había hecho mi hermano ella también abrió la puerta con tanta habilidad que casi pensamos que lo había hecho con los dedos y no con esa diminuta herramienta que hacía servir de llave maestra. Ante nosotros se abrió el cielo abierto y una hermosa cúpula adornada con lazos y guirnaldas que se encontraba rematada por un gran búcaro, sin embargo, lo que verdaderamente nos dejó boquiabiertos fueron las hermosas estatuas de los ángeles que portaban cartas y rayos en las manos.
-Como podéis ver éstos van a lomos de una locomotora y los otros en un navío. –Nos indicó Bartolineti. –Y Enfrente tenéis la torre de comunicaciones que cuando esté terminada será el mejor mirador que tenga esta plaza.
Aún no había terminado de pronunciar estas palabras cuando los tres hombres de traje que habíamos evitado minutos antes, asomaron encaramándose por la escalera de caracol de dicha torre metálica. Lo hacían a tal velocidad que daba la sensación de que volaban huyendo de los guardias de asalto que los perseguían.
-¡Alto! ¡Alto en nombre de la ley! –Gritó uno de guardias.
Pero la desesperada ascensión de aquellos hombres no obedecía a ninguna orden. Un disparo al aire pareció hacer más efecto que la voz de orden, pues los tres hombres se pararon en el acto y levantaron los brazos como señal de su rendición.
-No disparen. Bajamos.
Permanecimos angustiados alrededor de la cantante barbuda que tampoco decía nada a la espera de que nadie reparase en nosotros, sin embargo, esta vez, la suerte no nos acompañó.
-¿Qué hacéis ahí? –Nos preguntó, con tono áspero, uno de los guardias.
-Nada señor, sólo hemos subido a ver los ángeles. –Contestó con decisión la cantante.
-Venga, bajad si no queréis ver toda la corte celestial en este instante.
El tono amenazador y agresivo de aquel hombre nos asustó casi más que el sonido del tiro del fusil. Custodiados por el guardia y con la sombra de la carabina en nuestra espalda, llegamos hasta la planta baja donde aún permanecían algunos de los heridos que se habían refugiado allí.
Los tres hombres custodiados bajaban a unos pasos de nosotros. A su paso, los corrillos formados alrededor de los heridos se silenciaban y los miraban con preocupación.
-Es Retall –Dijo un hombre que no pudo contener su miedo ante la presencia de aquel bandido cuya fama le precedía.
El bandido le miró fijamente y con una media sonrisa le contestó:
-El mismo que viste y calza, paleto.
Sus dos secuaces se rieron de su ocurrencia y eso provocó unos rumores que distrajeron levemente la atención de los guardias de asalto, instante que el bandido aprovechó para golpear en una de las rodillas a uno de los guardias y, a continuación, con la agilidad de un gato, le arrebató el fusil; con la culata del mismo le golpeó en la boca haciendo que la sangre brotase de sus labios.
-Quietos o disparo. –Gritó Retall a los otros guardias que se quedaron paralizados por la rapidez del delincuente.
El silencio se podía cortar en el ambiente.
-Venga, Ginés, coge lo nuestro y larguémonos de aquí.
El compinche saltó sobre uno de los guardias y forcejeó hasta quitarle un pequeño paquete. En la lucha entre ambos éste rodó por el suelo rompiéndose por uno de los ángulos y asomándose un puñado de monedas, que por el brillo que mostraron debían de ser de oro, saltaron sobre las baldosas.
-¡Imbécil! Recoge ese paquete y tú quietecito o te envío para el otro barrio con un tiro.
La situación era tensa y todos permanecían a la expectativa de aquel hombre malcarado y violento que siempre que aparecía en nuestras vidas era para sobresaltarnos hasta el pánico.
Los delincuentes lograron huir y todo el mundo pareció respirar ante su desaparición salvo nosotros que permanecíamos a la merced de los guardias y que nerviosos seguían apuntándonos como cómplices de Retall y sus secuaces.
-Y ahora nos explicaréis qué hacíais ahí arriba con la banda de este tipo. –Dijo el que parecía ser el de más graduación de los guardias.
-Nada, ellos no hacían nada, se lo aseguro y va a dejarlos en paz inmediatamente. –dijo, con tono autoritario, Darqués que se adelantó unos pasos hacia nosotros.
-¿Quién se cree usted que es para darme órdenes? –Dijo el guardia con tono agrio.
No hizo falta que contestase el director, porque en ese instante, Carlos Somel y Luis Sotomarch secundaron la orden del director haciendo que el guardia enmudeciese.
-Venga, vamos a perseguir a esos matones que se han llevado mi carabina. –Dijo a los otros intentando desaparecer de la escena tan comprometida que se había creado en ese instante.
Nos reunimos con Bartha y con la duquesa que recuperada del golpe se apoyaba en el brazo de su solícito acompañante. Como si fuésemos una comitiva nos dirigimos hacia la salida del hermoso palacete de correos. Ya nadie pensaba en la manifestación que nos había reunido a todos ni en el circo Pizarro que habíamos pretendido visitar, pues, ahora sólo queríamos regresar al teatro Ruzafa como nuestra morada y refugio.
-Vámonos al teatro. –Gritó Darqués que parecía leer nuestra mente cuando el fuerte sonido de un motor nos hizo levantar la cabeza y con asombro contemplamos el autogiro de Juan de la Cierva que sobrevolaba la plaza del ayuntamiento.