sábado, 8 de julio de 2017

18 REGRESO TURBULENTO




Zaragoza, 28 de mayo de 1934

«Querido Sasha:
Ya no puedo seguirte. Sabes que siempre te he ayudado en todo lo que ha estado a mi alcance, pero ha llegado el momento de que nuestras vidas se separen por completo. He tomado una decisión. Espero que tú también sepas actuar en consecuencia.
Recibe un abrazo de tu hermana que siempre te querrá.»
La Duquesa Natasha Ivanoff

Esta breve nota fue lo único que Sasha encontró sobre la mesa de la habitación. Comprendió que nunca más volvería a ver su hermana. Sabía que de nada serviría buscarla pues, aunque dedicase todo su empeño en seguir su rastro pues era una experta en esconderse. Ella misma le había enseñado cómo borrar sus huellas, pero, como mujer astuta que era, resultaría una pérdida de tiempo buscarla. Recordó que la experiencia le había enseñado a ser cautelosa y guardar, al menos, una vía de escape ante la adversidad.
Sasha se había refugiado en su cuarto huyendo de sus perseguidores. Debía salir de Zaragoza si quería salvar la vida. Escuchó durante un buen rato hasta que oyó los ronquidos del inquilino de al lado. Abrió la puerta con sumo cuidado y salió al rellano, a continuación, se asomó por el hueco de la escalera para cerciorarse de que nadie le esperase en la penumbra. Permaneció unos segundos expectante, sin respirar adecuando su vista a la poca luz que había. Cerró la puerta sin hacer ruido y evitar despertar la curiosidad de ningún inquilino. Bajó los primeros escalones mientras agudizaba el oído a la espera de descubrir algo que justificase su extremada cautela. Nada. No se oía nada. Continuó su descenso más propio de un felino que de un humano. Le quedaban pocos peldaños para alcanzar la puerta cuando una sombra salió de la penumbra y, con suma rapidez, le cortó el paso propinándole un fuerte golpe que le tumbó de inmediato.
Cuando despertó se encontraba atado de pies y manos. Permanecía tendido en el suelo. Sólo acertaba a ver un zapato negro que apuntaba amenazadoramente a su boca.
-Ya has despertado, bello Sasha. Espero que te encuentres en disposición de hablar y decirnos dónde se encuentra tu querida hermana la duquesa.
Aunque no podía verle la cara la voz le resultó familiar. Sasha comprendió que era su fin.
Lo siguiente a esas palabras ya se confundió junto a otras voces que le hablaban y gritaban al ritmo de los golpes que le propinaban. En su cabeza sólo se barajaba una idea y era que nada podía decir porque nada sabía de ella salvo la nota que había encontrado sobre la mesa del cuarto.
Al día siguiente, unos trabajadores encontraron el cuerpo de Sasha con visibles indicios de haber sido asesinado a golpes, en la cuneta de una carretera.
* * *
Natasha sabía que le seguían de cerca. No sólo los temía, sino que intuía que su vida correría verdadero peligro si se dejaba atrapar. No quiso pensar en su hermano. Se sentía traicionada por él por haberla apartado de su nueva vida con aquel engaño. Nunca más volvería a pensar en él. Sabía que era lo suficientemente valiente y astuto como para lograr escapar del embrollo en el que se había metido. Ahora lo único que le importaba era librarse de sus perseguidores. Debía centrarse en su huida y regresar a Valencia, la única ciudad donde se había encontrado segura desde que volvió de Valparaíso. Su instinto de fugitiva le previno de la posibilidad de tomar el tren, a pesar de ser la mejor forma de viajar, pero para ella no era la más segura en ese momento. Tampoco podía subirse a un autobús porque allí tenía menos maniobra para escapar en un momento dado. Estuvo sopesando la posibilidad de robar un coche con el que poder salir de la ciudad, pero eran tan pocos y tan controlados los que circulaban que la habrían detenido al instante. Mentalmente calculó las oportunidades de escapar  a pie tenía y pensó que aún eran menos que con un vehículo, pero, si era preciso, lo haría. No le importaba el medio sino la forma de lograr su empeño.
Escondida en una esquina se atusó el cabello, como solía hacer cada vez que pensaba algo importante, y calibró la estrategia a seguir. En ese instante le sacó de su ensimismamiento el relincho de uno de los caballos de tiro de los carreteros que descargaban las mercancías a las puertas del mercado zaragozano. Sí, pensó, ese es un buen transporte, pero para ello debía encontrar al carretero adecuado. Y entonces se fijó en ella. Era la única mujer que descargaba cajas de un carro. Por el espacio de unos minutos la observó y le pareció fuerte y decidida. Vestía unos ropajes de luto. Pensó que tal vez fuese viuda. Con discreción, la duquesa se acercó hasta ella. Era más joven de lo que aparentaba.
-Buenos días. –Le saludó con una amplia sonrisa. –Debo pedirle un favor.
La mujer se paró en su trabajo y miró a Natasha de arriba a bajo.
-Usted dirá, señora.
Natasha desplegó sus artes para urdir la mejor de las mentiras que pudiese fabricar en ese instante.
- Necesito salir de Zaragoza. Mi marido me persigue.
Aquella mujer le observaba sin decir nada. Natasha prosiguió.
-No puedo viajar ni en tren ni en autobús. Si usted pudiese sacarme de la ciudad discretamente en su carro... Tengo suficiente dinero. Le pagaré el doble de lo que me pida.
La mujer tardó aún varios segundos en contestarle, pero cuando habló lo hizo con un tono claro y decidido.
-Escóndase en ese rincón mientras termino mi trabajo. Saldremos en un cuarto de hora. Esté atenta a la señal que le haré con el azote del caballo. Sólo se la haré una vez. Entonces se montará en el carro y se cubrirá con una de las lonas.
Natasha hizo todo lo que le ordenó. Se escondió en la penumbra del rincón que le había indicado y observó la soltura con la que sacó el animal de entre el resto de los carros que se agolpaban alrededor de la entrada. Cuando ya estuvo en disposición de poder salir al camino, la mujer chasqueó el látigo en dirección al escondite de la duquesa. Natasha con agilidad felina saltó al pescante del carro y se acurrucó entre unas cajas vacías, a continuación estiró una lona y se cubrió completamente con ella. Tenía que confiar en ella plenamente así que se dejó llevar por el balanceo del carro.
Aquella mujer era de pocas palabras, al menos esa fue la sensación que tuvo durante todo el trayecto, pues casi no contestaba cuando la saludaban los otros carreteros con los que se encontraba en los cruces de caminos.
-Ya hemos salido de la ciudad. Puede descubrirse y tomar un poco el aire.
Natasha sacó la cabeza y vio a la mujer sentada sobre una tabla empuñando las riendas con vigor.
-La ciudad hace un rato que la hemos abandonado, pero he querido cerciorarme de que no nos seguía nadie. –Ató el ronzal y echó mano de un zurrón que mantenía entre los pies. -¿Tiene hambre?
Compartieron un trozo de pan, queso y chorizo y ambas bebieron de un botijo de agua fresca. Aún tardó unos minutos más en iniciar lo que parecía ser una conversación.
-Dicen que algún día arreglarán el camino, pero mientras tanto...
Natasha no le contestó sino que esperó a que volviese a ser ella la que rompiese el silencio.
-Hoy hace un mes que murió mi hermano. Los militares se lo llevaron a la fuerza y eso que estaba desde hacía varias semanas enfermo en la cama. No creyeron la palabra de mi padre. Pensaron que meterse en la cama era una treta para evitar la milicia. No se tenía en pie cuando lo cargaron al camión entre dos soldados.
Volvió a hacer un silencio que la duquesa temió romper.
-No duró ni dos días en el cuartel. Todos sabíamos qué ocurriría lo peor. Ni padre ni mis hermanas no pudimos hacer nada. –Hizo una pausa larga hasta que volvió a hablar como si lo hiciese para ella misma. –Cumplí la promesa que me obligó a hacerle.
-¿Qué le prometió? –Se atrevió a preguntarle Natasha.
-Que una vez muerto lo llevaría al pueblo para enterrarlo. Cuando lo cargaron al camión él sabía que se moría y por eso me hizo prometérselo. Fui al campamento militar y hablé con el capitán. Reclamé su cuerpo. Lo cargué en el carro y yo misma lo llevé al cementerio de nuestro pueblo. Allí lo enterramos junto a nuestra madre. Cumplí mi palabra. –Volvió a sumirse en un largo silencio del que salió como si despertase. –Desde entonces padre no ha salido de casa. El dinero se acaba. Alguien debe trabajar. Mis hermanas son lavanderas. No sirven para esto. No dejaré que nos muramos de hambre. Mi padre saldrá de ésta. Estoy segura de ello. Ya le ocurrió cuando murió madre así que ahora también lo superará. Lo sé.
El silencio que sobrevino a aquella especie de confesión heló los ánimos de Natasha que no se atrevió a interrumpir el mutismo en el se sumió aquella mujer.
Transcurrieron varios kilómetros en silencio hasta que en el camino se adivinó la silueta de un carro. La duquesa se inquietó, pero aquella mujer, que dijo llamarse Pilar, con un gesto con la mano le tranquilizó.
-Es un conocido. No hace falta que se esconda. Yo hablaré.
Aceleró el ritmo de su jaco y se puso a la altura del carro divisado. Fue ella la que comenzó a hablar.
-Demetrio atas en corto a tu yegua y por eso no puede contigo.
Y a partir de ese instante ambos entablaron una conversación extraña, llena de sobreentendidos en la que Natasha se limitó a guardar silencio. Poco después, Pilar azotó a su jaco para que éste acelerase su marcha y así separarse del carretero que quedó unos metros detrás de ellas.
Lentamente lo perdieron de vista. Daba la sensación de que el carretero pretendía ralentizar el paso de su animal. Pilar, la moza, se sumió en el silencio otra vez. Caía la tarde cuando volvió a dirigirle la palabra a la duquesa.
-Debemos parar y descansar al caballo.
Natasha, a pesar de su vivacidad, no se atrevió a preguntarle cuál era el rumbo que llevaban. Había confiado plenamente en aquella discreta mujer. Se encontraba completamente desorientada.
-Vamos a Huérmeda. Está cerca de Calatayud. Debemos dejar descansar a mi jaco Romera que lleva mucho camino andado. Nos cobijaremos bajo esos algarrobos y descansaremos unas horas.
Y desenganchó el carro y dejó que el animal se colocase junto a unas matas para comer y descansar. Entre las dos extendieron una de las lonas bajo un de los algarrobos y sentadas comieron del zurrón hasta terminar con las viandas.
Natasha, un poco más animada le contó algo de su infancia transcurrida por los caminos montada en un carro huyendo de la revuelta rusa y de los salteadores de caminos.
-Aquí no hay ladrones de camino. Puede estar tranquila.
El cansancio venció a Natasha que cuando despertó era ya noche cerrada. Pilar había vuelto a aparejar al jaco a su carro y se disponía a recoger la lona.
-Son las tres de la madrugada. A las siete estaremos en el pueblo.
Las dos se montaron al carro, pero oyeron el motor de lo que debía de ser una motocicleta.
-Sooo Romera. –Tiró de las bridas. –Será mejor que esperemos un poco. –No dio ninguna otra explicación.
Natasha se puso tensa. Pensó que alguien les había seguido desde Zaragoza. Iba a hablar cuando Pilar le hizo un gesto indicándole que guardase silencio. Se escucharon voces. Prestaron atención y alto y claro se pudo oír como pronunciaban el nombre de Demetrio, a continuación se oyó un disparo y un grito desgarrado. Arrancó el motor de la motocicleta. Pudieron escuchar perfectamente cómo se alejaba de donde estaban ellas. Aún tardaron una media hora más en arrancar. Salieron a la carretera, pero no tomaron la misma dirección.
-Vamos por otro atajo. Mejor no ver nada y tampoco hemos oído nada.
La duquesa no preguntó por ese cambio, pero comprendió la prudencia de la moza.
Con las primeras luces de la alborada se adivinaron las casas de la aldea junto al río Jalón. El semblante de Pilar cambió adivinándose una mueca de alegría. Al instante apareció un chico montado en una bicicleta.
-Dios te guarde, Pilar. –Le saludó el mozo. –¿Has tenido buen viaje? Veo que vienes con compañía.
-A la paz de Dios, José. –Le saludó ella. –Bueno, los ha habido mejores.
El mozo se enganchó del lateral del carro y dejó de pedalear arrastrado por la fuerza del animal.
-¿Sabes lo de Demetrio? –le dijo olvidándose de su acompañante. –Le han pegado un tiro a bocajarro. Lo han encontrado dentro del carro muerto.
Pilar no contestó ni la duquesa tampoco.
José se separó del carro cuando entraban en la calle principal del pueblo. El caballo aceleró el paso como sabiendo que su pesebre estaba cerca.
-Pronto me casaré con él, pero aún no puede entrar en casa porque a padre no el ha pedido permiso.
Esa fue la única explicación que dio aquella peculiar mujer.
Natasha fue presentada al cabeza de familia y las hermanas. Se le dio de cenar y una cama limpia para descansar.
-Esta tarde la llevaré a Calatayud donde podrá tomar un autobús camino de Sagunto. No debe temer nada. El conductor es de fiar. –le explicó la muchacha con lo que parecía ser un esbozo de sonrisa.
Natasha le ofreció unos billetes que ella rechazó.
-Guárdeselos que le harán falta.
-Insisto. –Dijo la duquesa. –Usted ha sido muy buena conmigo. Quiero pagarle el viaje.
La moza le miró a los ojos intensamente y ante el ruego de la duquesa sólo tomó el valor de lo que era la comida.
-Ya estamos en paz.
El viaje a Calatayud resultó ser un suspiro. Cuando se bajó del carro casi no tuvo tiempo de despedirse de Pilar que azotó a su caballo Romera para alejarse lo antes posible de allí.
Según le contó Natasha Ivanoff a Edelmiro Bartha la decisión de aquella mujer le salvó la vida.
-¿En el autobús no tuviste miedo? – Le preguntó Bartha mientras la abraza.
-No, por alguna extraña razón que no sabría explicarte tuve la sensación de haberme alejado de mis perseguidores para siempre. 

sábado, 1 de julio de 2017

17 Y TODO FUNCIONÓ A LA PERFECCIÓN


Batiste Sistella no podía dejar de tiritar a pesar de estar sentado frente a la hoguera. Salvador Masobrer lo envolvió con un trozo de manta y le animó a que se terminase la ración de sopa que le había servido para calentarle el estómago. Sentada a su lado se encontraba Librada. Se acurrucó mientras contemplaba el crepitar de las llamas. De vez en cuando levantaba los ojos del resplandor para mirarnos con una media sonrisa que parecía expresar algo de alegría en su siempre serio semblante.
-¡Venga! Quítate las alpargatas que debes de tener fríos los pies. –Me indicó mi hermano con una caricia en la mejilla. –Y ahora vais a contarme todo lo que os ha ocurrido desde que tuve que irme aquel día.
Ninguno de los tres se decidía a ser el primero en hablar así que intenté recordar todo lo que nos había sucedido desde que nos separamos. No quise comenzar con el reproche a su inesperada desaparición junto a Aurelio Retall, ni tampoco le conté que estuve rondando la puerta del sindicato de albañiles buscándole durante varios días, así que inicié mi relato por el día en el que nos reunimos en el teatro con la Compañía. 
A pesar de que Darqués aún estaba convaleciente de las quemaduras sufridas en su pierna regresó al trabajo con toda su vitalidad. Lo primero que hizo fue intentar gestionar, con el empresario del teatro Ruzafa, lo que debería ser la nueva temporada. El señor Martí no era muy diestro para la contabilidad, por eso, Gumersindo Plácido, el discreto contable, se dedicaba a llevar las cuentas escrupulosamente. Este hombrecito, de sonrisa bobalicona y pocas palabras, poseía la habilidad de hacer que el dinero presupuestado creciese hasta cubrir las necesidades de cualquier espectáculo a pesar de los momentos aciagos de aquel año de crisis.
Todo parecía sonreírles desde el momento en el que Edelmiro Bartha y el director escaparon ilesos de la explosión del cartucho de dinamita que les lanzaron a su paso por la calle del Mar. Los cristales de los edificios de alrededor de ellos estallaron en mil pedazos, sin embargo, no sufrieron ni un rasguño. Ambos pensaron que era un buen presagio para la nueva temporada que pretendían comenzar. A pesar de que el director, Enrique Darqués, se había precipitado dando una primicia a los periodistas sobre una obra de teatro que no existía sobre el papel y que sólo estaba en su cabeza, todo parecía transcurrir como si hubiese un guión premeditado. Sin pensarlo dos veces, Fausto Casajuana y Darqués, mano a mano, se encerraron en un camerino para escribir los diálogos y trazar la escenografía de lo que debía de ser el primer melodrama de la temporada con el inusual título de: Los niños del hospicio.
Mientras tanto, Rodolfo, el escenógrafo argentino, no dejaba de gimotear por el futuro de su artefacto escenográfico, aquella gran y hermosa mano que había construido con tanta dificultad y que hacía tiempo que permanecía escondida en uno de los rincones del almacén del teatro Ruzafa sin aparente utilidad. Costó convencerle de que ya llegaría la oportunidad de exponerla como colofón de la obra musical de aventuras y que, en un principio, se pensó estrenar como inicio de la temporada, sin embargo, y a pesar de la conocida elocuencia del director, no convenció al argentino quien dirigió sus protestas al paciente Bartha y que a su vez intentaba disimular la congoja que sentía al encontrarse lejos de su amada Natasha Ivanoff. Aquella inquieta mujer y tal como tenía por costumbre, casi de improviso, se ausentó de la ciudad, junto con un recién llegado que dijo llamarse Sasha y que afirmaba ser su hermano. Su precipitada marcha se vio envuelta en su siempre habitual misterioso comportamiento, por lo que a casi nadie le extrañó su desaparición salvo al apesadumbrado Edelmiro que temía no volver a verla nunca más.
Salvador me animó a que continuase contándole los entresijos del teatro así que proseguí con mi relato además de querer demostrarle que, tanto Batiste como yo, sabíamos tomar decisiones acertadas, por eso le conté que ambos nos entregamos enteramente a nuestros cometidos dentro de la compañía y bajo las órdenes de los maquinistas comenzamos a trasladar y mover todo aquello que nos indicaban como si fuésemos mozos de carga. Librada, siempre tan reservada y callada, se unió a la modista como aprendiza. Todo rondaba alrededor del estreno de una incierta obra de teatro que había sido anunciada para dentro de dos días y que, en realidad, sólo procedía de una bravuconería verbalizada a los periodistas por Darqués.
Durante esos días dos días de trabajo creo que tuvo lugar la tan nombrada magia del teatro, pues, la noche del estreno la sensación de que algo mágico estaba sucediendo permaneció en el ambiente. Durante los precipitados ensayos a todos se nos olvidaban los diálogos y hasta los telones que Rodolfo pintó, con parte de sus lágrimas de disgusto, se resquebrajaban al ser colgados, sin embargo, el estreno resultó fabuloso. El público aplaudió a rabiar cada uno de los actos y, en especial, aquellos cuadros donde Batiste y yo interveníamos, pues prueba de ello fue que en los aplausos finales nos vitorearon varias veces. Sin pretenderlo, aquella obra fantasmagórica, se convirtió en nuestro gran debut en la escena. A pesar de que ya había visto que los aplausos emocionaban a los actores me sorprendió que a mí también se me formase un nudo en la garganta mientras saludaba como si formase parte de la profesión. Darqués ingenió el texto para hacernos aparecer como los protagonistas de aquella rocambolesca obra, basada en el melodrama de Las Huerfanitas de París, pero, esta vez, convertido en una versión a la valenciana, es decir, llena de tics que incitasen al público a identificarse con los pobres niños abandonados de la calle. En realidad, nuestra apariencia no desentonaba con lo narrado pues, parte del éxito de aquella noche, se debió a nuestro aspecto de niños desamparados.
El éxito de dos noches seguidas o la alegría de sentirnos importantes fue lo que aminoró mi amargura de no poder lograr encontrar a mi familia así como reconsiderar la repentina desaparición de mi hermano. Cuando llegué a este punto, Salvador no me contestó, aunque con la mano me hizo un gesto para que continuase narrándole nuestras peripecias escénicas. Proseguí.
A partir de aquel apoteósico arranque que tuvo la temporada, la actividad de la Compañía volvió con toda su pujanza y regresó el brio a Darqués que olvidaba el bastón y decía sentir menos dolores, aunque su maquillado rostro no los podía ocultar. Con el regreso del matrimonio de cómicos Miguel Báñez y Carlota Planes la agrupación casi estaba al completo. Carlota, tan estrafalaria como siempre, reía y lloraba como si estuviese interpretando un melodrama. Soltó una sonora carcajada cuando le contaron la aventura teatral de aquel estreno precipitado y, a continuación, lloró abundantemente cuando contó que había tenido que tomar la decisión de dejar a Carlotita, su única hija, interna en un colegio de monjas para que estudiase y no fuese una analfabeta. Terminó su relato mirándonos como si Librada, Batiste y yo fuésemos el ejemplo de la miseria que pretendía evitar a su hija. Me dolió su desprecio y estuve a punto de gritarle que no éramos unos analfabetos, que yo sabía escribir mi nombre y que Librada leía y escribía con gran soltura, pero fue Bartha el que, con su tremenda bondad, se adelantó a mi protesta para explicar, a aquella grotesca mujer, que nuestras circunstancias no habían sido las mismas que las de su hija, sin embargo, estaba seguro de que con el teatro cambiaría nuestra suerte. Miguel Báñez, que observó mi especial disgusto por las ofensivas palabras de su ridícula mujer, quitó importancia a sus comentarios con un ofrecimiento dirigido hacia nosotros y que era el propósito de ayudarnos a aprender a leer y contar durante las horas libres que el trabajo le dejase y siempre en la medida de sus propios conocimientos se lo permitiesen. Me gustó aquel hombre que, sin conocer nuestra procedencia ni nombre,  se prestaba a ayudarnos sin esperar nada a cambio.
A pesar de todos los incidentes que en las calles valencianas de 1934 se daban dentro del teatro existía un microclima propicio para que todos nos sintiésemos  optimistas. El director decidió que la Compañía debía retomar algunos de los melodramas de su consagrado repertorio y así ganar un poco más de tiempo para llevar al verdadero estreno absoluto que, con tanto celo, guardaban con él, Fausto y Roberto, el escenógrafo argentino.
Durante los siguientes días, se trabajó duro e intensamente hasta el punto de que, en más de una ocasión, se unía el día con la noche entre los preparativos y los ensayos, sin embargo, algo especial ocurría cuando la Compañía se enfrentaba al público pues, las posibles deficiencias, se solucionaban con los monólogos que el director siempre recitaba seguro de captar el aplauso y el vitoreo de los espectadores.
El entusiasmo fue tal que pareció embriagarles la inconsciencia hasta el punto de hacerles creer que la censura permitiría cualquier cosa que deseasen representar. Fausto Casajuana, en un arranque de idealismo muy propio de su carácter, propuso estrenar un texto que había escrito hacía un par de años y que mantenía guardado a la espera de una buena oportunidad. En una de las reuniones de la Compañía sacó, de uno de los bolsillos de su arrugada chaqueta, una libreta que entregó al director con un gesto de respeto y con cierto temor también. La obra se titulaba Casanova, el galante aventurero y, como indicaba, se trataba de una versión melodramática de las andanzas de Giacomo Casanova que, ya mayor y retirado de la vida mundana, narraba su turbulenta vida de seductor. El melodrama no sólo se atrevía con una acción situada en Venecia, sino que en su recreación incluía algunos números musicales con bailes y canciones con abundantes poemas ripiosos escritos por el propio Fausto.
Lejos de una lógica negativa justificada ante aquel alocado libreto, el proyecto entusiasmó a Darqués. El director perdió la noción de la situación crítica que se vivía en las calles de Valencia y confió en el éxito rotundo de una nueva puesta en escena. Inmediatamente, habló con el empresario Martí, que, aturdido con la euforia del actor, le remitió a su contable Plácido para convenir un presupuesto donde debía de contratar a más actores y actrices, así como a un ballet que pudiese ejecutar, con garbo, aquellas piezas que también precisaban de una orquesta.
Y todo salió a la perfección a pesar de todo y eso que, en más de una ocasión, hubo cortes de luz que entorpecían los ensayos junto a algunas visitas inoportunas de los guardias de asalto que, atraídos por los repiqueteos de martillo junto con los gritos de los maquinistas, entraban preocupados por si estábamos preparando algún atentado. Como si de algo contagioso se tratase a todos nos envolvió el entusiasmo que Darqués y Casajuana compartían y, a pesar de los gimoteos de Rodolfo por su olvidada obra, su colaboración también facilitó el éxito. Tanto Bartha como Casajuana corrían de un lado a otro comprobando que todo estaba en su sitio y evitar equivocaciones en los complicados cambios de cuadros que componían los cinco actos de aquel melódico melodrama.
Las calles andaban revueltas y, aunque se habían cursado varias invitaciones a las autoridades, sólo confirmó su asistencia el gobernador y su esposa, pues, el alcalde y los concejales del consistorio declinaron su asistencia quizá influenciados por un posible temor a ser abucheados por los espectadores. La noche del estreno todos estábamos muy inquietos. Para la Compañía no era la primera vez que estrenaban en aquellas circunstancias tan especiales, sin embargo, parecían sentirse ante uno de los mayores retos escénicos.
Tras el preludio interpretado por unos pocos músicos que el teatro Ruzafa tenía contratados como orquesta permanente, arrancó el primer acto con la intervención de Darqués que, maquillado con aspecto de anciano, narró partes de la vida y andanzas de Giacomo Casanova. Entre los espectadores el silencio fue absoluto y semejaba que aguantaban la respiración cuando el actor se detenía en las pausas dramáticas del texto. Terminó su intervención y nadie dijo nada a la espera de que algo trágico sucediese tras aquel extenso monólogo y cuál fue la sorpresa cuando, con los primeros acordes de una pegadiza melodía, surgieron, de entre las bambalinas, cinco hermosas muchachas ataviadas con unas ropas vaporosas que, con sencillas danzas, dejaban ver las ligas de sus medias, a los incrédulos espectadores. Todos los asistentes se arrancaron en fuertes aplausos. Cada uno de los bailes fue acompañado de un unísono acompañamiento de palmas y risas. El espectáculo marchaba tal como se había pautado en los ensayos y por el entusiasmo con el que los espectadores seguían los bailables parecía haberse conseguido un éxito seguro, pero lo que no esperábamos era el colofón que el escenógrafo Rodolfo preparó, pues, ansioso por utilizar su preciada obra, cuando faltaban pocos minutos para que terminarse el relato de la vida del anciano Casanova se apagaron las luces y, por un lateral del escenario, asomaron los dedos de aquella mano de cartón, a continuación, de acuerdo con uno de los maquinistas se iluminaron, poco a poco, hasta crear un misterio inesperado. Darqués, que se encontraba en medio del escenario, miró los dedos que se acercaban hacia él y con un alarde de improvisación declamó con potente voz:
«La mano del destino divino me reclama por mis pecados.» Se acercó hasta ella y se colocó como si una gran garra lo atrapase. El siempre alerta Bartha ordenó a los maquinistas que bajasen el telón y que encendiesen las luces lo que provocó unos segundos de desconcierto que terminaron con el arranque de una unánime ovación.
El estreno fue un éxito, pero al día siguiente llegó la orden de que los números musicales debían de ser revisados por la censura. Entre una de las peticiones estaba que tuviesen más decoro del mostrado el día del estreno. La orden sorprendió a todos, pero no hubo más remedio que alargar las faldas de las bailarinas hasta donde indicó la ordenanza. En cuanto a la sorpresa de la mano lejos de crear un conflicto entre Casajuana y el escenógrafo Rodolfo les gustó  a todos pues mejoró el final de aquella alocada obra.
Llegado a este punto, di por terminado mi relato y esperé a que mi hermano, que parecía estar muy interesado por seguir escuchando más aventuras escénicas, me solicitase que continuase contándole más detalles del teatro.
-Prosigue, Andreu -Me animó Salvador. -Por lo que puedo entender os ha ido muy bien con la compañía de teatro, pero ahora os he vuelto a encontrar solos, muertos de hambre y empapados como para contraer una pulmonía. ¿Qué sucedió después?
Y en el momento en el que pretendía retomar la palabra para explicarle cómo había virado nuestra buena suerte hacia ese estado, unos fuertes golpes sobre la puerta del cuarto nos sorprendieron a todos. Salvador nos hizo un gesto con el dedo de que guardásemos silencio y, a continuación, se oyeron  unas cuantas amenazas de derribarla si no se abría inmediatamente. Enmudecí asustado.



miércoles, 21 de junio de 2017

16 ¡QUÉ COMIENCE EL ESPECTÁCULO!









 ¡QUÉ COMIENCE EL ESPECTÁCULO!

Aquella mañana la cafetería permanecía vacía. Mi presencia en ese local de la calle de la Paz sólo era circunstancial pues la explosión que hirió a Enrique Darqués le había provocado graves quemaduras en la pierna y los fuertes dolores provocados por las heridas sólo lograba aliviarlos con láudano y ese calmante condicionaba su sueño, por eso, aquel día, había delegado en mí para llevar a cabo las negociaciones de la renovación del contrato en el teatro Ruzafa.
En aquella cafetería solían reunirse los periodistas de la ciudad, pues, según ellos, les resultaba más sencillo conseguir las noticias en ese local que yendo de un punto a otro de la ciudad. El propietario que conocía sus preferencias les reservaba una mesa. Como si de una redacción de periódico se tratase allí también acudían sus informantes junto a un tropel de muchachos de la calle que les ofrecían servicios tan variopintos como desde los limpiabotas hasta ocasionales mensajeros que les llevaban los recados de un punto a otro de la ciudad. A los pocos minutos de entrar llegaron los primeros periodistas, Alfredo Sendín Galiana del periódico vespertino La Correspondencia de Valencia y Joaquín Sanchis Nadal de El Mercantil Valenciano. Estos dos redactores, ostentaban una merecida fama de ser buenos cronistas de la vida social valenciana y disfrutaban del favor de las autoridades de la ciudad, sin embargo, en sus últimas columnas no había ningún comentario político pues sólo recogían los espectáculos taurinos y circenses. En sus columnas no se mencionaba nada sobre la escalada de violenta que se producía en la ciudad por lo que resultaba muy extraño puesto que siempre habían informado de todos los sucesos que ocurriesen en la ciudad. Aunque no tenía ninguna intención de espiarles escuché su conversación.
-Ya sabes que ese tipo no es de fiar, pero, quizá nos haya dado una buena primicia. –Dijo Alfredo Sendín mientras encendía un cigarrillo.
-Puede que sea cierto, pero de qué nos sirve si no podemos publicarlo. –Le contestó Sanchis Nadal de malhumor. –La censura gubernamental es férrea y no hay forma de evitarla sin que te arriesgues a que te multen en el mejor de los casos o que te detengan y acabes condenado en la cárcel para el resto de nuestros días.
-Pues entonces digámoslo donde sí podemos hacerlo.
- ¿Dónde? –Preguntó intrigado Sanchis Nadal.
 -En las secciones en las que tenemos libertad para expresarnos. –Le respondió Sendín.
-Sólo podemos en las columnas de los espectáculos. –Le contestó Sanchis con malhumor. ¿Crees que se entenderá si escribimos entrelíneas dentro de las crónicas de los deportes, en las columnas taurinas o en espectáculos teatrales? Me parece imposible. Seguro que también nos las vetan. –Aseveró Sanchis Nadal.
-Es más sencillo de lo que te imaginas y puede darnos unos resultados insospechados. –Afirmó Sendín con satisfacción por su ocurrencia.
-Claro, según lo que dices criticaremos al gobierno, que envía a los guardias de asalto a reprimir las manifestaciones, a través de los artículos sobre los triunfos españoles en el cinematógrafo de Hollywood de Catalina Bárcena junto al autor teatral Gregorio Martínez Sierra. –Le apostilló Sendín con un guiño pícaro. Soltaron una carcajada al unísono.
Mientras tanto entró el joven reportero Manuel García Dasí conocido bajo el seudónimo de Tristezas.
-¡Manuel! Has madrugado mucho –El periodista Sendín le gritó al recién llegado con tono jocoso.
-Y tanto que he madrugado, como que no me he acostado todavía. Desde anoche estoy en la redacción del periódico sin parar de redactar mi columna sobre los rumores de una nueva remodelación del gobierno, pero lo peor de todo es que acabo de ver la edición que ha salido hace un instante y gran parte ha sido censurada y mi crónica ha perdido el sentido que tenía. Sin embargo, en la misma edición salen publicados los artículos de Luis de Sirval y, aparentemente, nadie le censura. No lo entiendo. Él que ya no trabaja en la prensa valenciana y puede publicar todo lo que quiere sin ningún impedimento.
Los dos periodistas sonrieron ante la evidente angustia del joven redactor.
-¡No compares!, Manuel, Luis Higón es un gran periodista. Se ha inventado el seudónimo de Sirval y ha montado su agencia de reportero. Vende y distribuye sus crónicas y columnas de opinión al mejor postor. –Le explicó Sanchis Nadal a Tristezas. –Si se hubiese quedado aquí, en Valencia, más tiempo se habría convertido en un redactor de poca monta, pero quería progresar y se trasladó a Barcelona donde colaboró con El Noticiero Universal y El Diluvio, aunque las condiciones políticas y sociales que se daban en la capital catalana no eran el mejor escenario para la práctica del periodismo independiente que a él le gustaba practicar y como siempre ha demostrado ser muy inquieto se trasladó a Madrid y allí empezó a colaborar en el periódico La Libertad, pero cuando lo compró el banquero Juan March se terminó la autonomía del diario que su propio nombre anunciaba y, ya ves, sin pensarlo dos veces Luis creó su propia agencia para poder publicar sin que nadie le coartase. Sirval desde siempre escribe lo que quiere y, además, consigue que le paguen muy bien.
-No todos podemos montarnos una agencia e ir de reportero por el mundo. –Dijo con tono lastimero el joven Tristezas. –A mí me viene justito terminar la semana con el sueldo que me pagan en el periódico.
-Te equivocas si piensas que Luis es rico, pero tiene mucha imaginación y consigue lo que se propone. Según me han dicho ahora anda por Moscú.
-¡Moscú!- Exclamaron Sanchis y Tristezas al unísono.
-Sí, dijo que debía de ver por sus propios ojos cómo andaba ese país así que allá que se fue con su eterna sonrisa. –Afirmó Sendín.
-Pues creo que ahora se ha equivocado porque la actualidad está aquí. –Apuntó Joaquín Sanchis Nadal. –Las huelgas y las explosiones tanto las provocadas por los grupos extremistas de la derecha como los anarquistas y cambios de gobierno que anda a la deriva dan para realizar un buen periodismo. Creo que Luis de Sirval ahora se ha equivocado y es más importante dar parte de lo que ocurre en España que hacer un reportaje sobre el funcionamiento del comunismo ruso ¿No os parece?
-Quizá te equivoques, Joaquín, porque siempre se necesario saber qué ocurre en Rusia. –Le contestó Sendín. –En uno de sus reportajes que ha publicado en un semanario de Madrid relata que allí andan tan avanzados que uno se puede casar y divorciar el mismo día y sin ningún problema, de hecho, él mismo lo ha hecho, pues en un día le tramitaron los documentos de boda y divorcio y sólo tuvo que preocuparse de pagar las tasas. Creo que Sirval va siempre tres pasos por delante de todos nosotros. Con ese reportaje se hará famoso en todo el país.
-¿Seguro? A mí no me parece tan importante. –Le contestó Tristezas.
-¡Claro que lo es!  Aquí pronto se aprobará la ley de divorcio y su reportaje servirá para dar a conocer lo que pasa más allá de nuestras fronteras. –Señaló Sendín.
En el instante dejaron de hablar entre ellos pues se abrió la puerta de la cafetería y entró Enrique Darqués acompañado por un hombrecito muy curioso. Aquello sí que fue una gran sorpresa para mí, pues, se suponía que el director de la Compañía no podía casi moverse y entró con paso ligero.
-Querido Bartha, me imaginaba que nos esperabas aquí.
Hacía tantos años que conocía a Darqués que no hizo falta que dijese nada más como para saber que debía permanecer callado y asintiendo a todo lo que dijese.
Los periodistas dejaron de hablar entre ellos y prestaron atención a lo que ocurriese en nuestra mesa. La noticia ahora estaba allí. Darqués me presentó a su peculiar acompañante. Según dijo se trataba del secretario del empresario del teatro Ruzafa quien lo había enviado para concretar las cláusulas del contrato entre la Compañía y el teatro.
-Edelmiro Bartha te voy a presentar a Gumersindo Plácido que aquí donde lo ves es un genio de la contabilidad, aunque todos sabemos que tú eres muy diestro con las cuentas de nuestra compañía. –Palmoteó la espalda de aquel pequeño hombre mientras prosiguió presentándomelo. –Don Gumersindo tiene el arte de que los billetes crezcan como verdaderas lechugas, ¿verdad que sí, don Gumersito?
-Gumersindo, mi nombre es Gumersindo, aunque mis amigos me suelen llamar Sindo. –Balbuceó aquel hombrecito entre se deshacía entre sudores.
-Como quiera don Sindito.
Los periodistas que no dejaban de observar los aspavientos que el director dedicaba a aquel infeliz, movidos por la curiosidad, tomaron la iniciativa y se acercaron hasta nosotros. Sendín, que parecía ser el más decidido de los tres, se atrevió a preguntarle al director:
-Señor Darqués, inevitablemente hemos escuchado su conversación y nos gustaría saber si ya se encuentra en condiciones de regresar a los escenarios y cuándo lo hará.
-Estimado amigo Alfredo Sendín, cuánto me alegro de que me haga esta pregunta. Claro que estoy dispuesto a regresar y conmigo la Compañía de teatro a la que tengo el honor de dirigir. Vamos a retomar la campaña con un repertorio compuesto por melodramas y ágiles aventuras de escena que encandilarán al público del popular teatro Ruzafa.
-¿Y nos puede adelantar cuál será el título de la primera obra que se representen?
-Por supuesto que sí, queridos amigos de la prensa, será un estreno absoluto de Los niños del hospicio.
Sin poder evitarlo comencé a toser como si el sorbo de café que me estaba tomando se me hubiese atragantado. ¿De dónde había salido esa historia que yo desconocía por completo? Darqués se inclinó hacia mí y me propinó unas fuertes palmadas a la espalda y con una gran sonrisa me dijo:
-Bartha, tranquilo, no seas tan celoso por el secreto profesional, sólo les doy un avance a nuestros amigos para que lo comuniquen en sus respectivos periódicos al público.
-Enrique, es que no quisiera que te precipitases todavía. –Balbuceé intentando seguirle en sus tretas publicitarias.
-En absoluto es sólo un adelanto, querido Bartha, y te puedo asegurar que todo se encuentra completamente bajo control.
Durante los siguientes minutos Darqués narró y explicó cómo iba a desarrollarse la obra en el escenario del teatro Ruzafa. Me mantuve callado, pues, al igual que les ocurría a los tres periodistas y al crédulo contable Gumersindo Plácido, también asistía a una primicia de un proyecto que sólo se encontraba dentro de la cabeza del director.
-Y en dicho relato se podrán seguir las andanzas de dos muchachos que se fugan del hospicio donde se les ha internado porque sus familias no pueden mantenerlos. En su huida del hambre se cruzan con una caravana de titiriteros que viaja por el país que les acogerá.
-Y permítanme que no les cuente el final porque eso sólo lo podrán ver en el escenario. Este será el primer melodrama que representaremos, pero no será el único pues se presenta una temporada llena de sorpresas explosivas.
-No, explosivas no, señor Darqués –dijo riendo Tristezas. –Que la última a usted le dejó malos recuerdos.
Todos rieron por su jocoso comentario. Sanchis Nadal rompió las risas con una nueva pregunta:
-Pero siga usted, ¿qué nos puede adelantar del estreno que andaba preparando con una escenografía de gran alcance que preparaba y que no pudo llevar a cabo por culpa de la explosión.
-Llámelo accidente –Le puntualizó Darqués. –Ese espectáculo, por supuesto, que se llevará a cabo, pero permítanme que les deje un tanto en el misterio y sólo piensen que comienza el espectáculo ya.
Los periodistas parecían satisfechos con sus respuestas, y fui yo el que se quedó perplejo con aquellas explicaciones rocambolescas que el director terminaba de lanzarles como primicia y que, en realidad, eran una invención propiciada por la situación del momento.
Nos despedimos de los periodistas y del contable Plácido y ya alejados de ellos asalté con mis dudas y mis recelos al director que no dejaba de sonreír ante mis temores.
-¿Sabes lo que estás haciendo, Enrique? –Le dije con cierto tono de miedo.
-No temas nada, Bartha, lo tengo todo bajo control, salvo los dolores de la pierna, no se me resiste como has podido comprobar.
Y se tocó la rodilla donde las quemaduras se habían cebado con su chamuscada piel. Mientras andábamos por la acera observé que Darqués cojeaba menos que los días anteriores, aunque no podía ocultar una expresión de dolor contenido en su cara.
Cruzamos por una calle perpendicular para alcanzar la calle del Mar.  En mi cabeza seguían las palabras precipitadas que había escuchado de la boca de Enrique y mi preocupación iba en aumento. En ese instante, un joven cruzó por delante de nosotros tan rápido que casi nos tira de un empujón. Apenas vi su rostro, pero sí su mirada nerviosa dirigida hacia nosotros. Quise gritarle que se detuviese ante su falta de educación, pero fue Enrique el que me tapó la boca e hizo que me agachase ante la inminente explosión de un cartucho de dinamita. Los cristales de los ventanales que teníamos alrededor volaron hechos pedazos por los aires.